Feb 16 2009
Temas Bíblicos

El misterio de Dios

LP. Enric Capó, España

Dios es un misterio. El gran misterio de la vida. El más profundo, el más alto, el más ancho. Nos viene de antes del tiempo inmemorial de la prehistoria. Siempre ha estado presente. En todas partes, en todos los milenios, en todas las culturas, en todos los hombres y mujeres de este mundo. Ha tenido diferentes nombres, diferentes formas, diferentes definiciones. Se le han asignado diferentes atributos… Se ha tratado de situarlo dentro de las coordenadas de la ciencia humana. Todo en vano. Dios no es aquí o allí, en esta religión o en la otra, en un lugar sagrado o en otro profano. No está en Lourdes, ni en Roma, ni en Ginebra, ni en la Meca ni en la India. No es cristiano, ni musulmán, ni hindú. No es protestante ni católico. Dios es Dios en toda la inmensidad del universo. Lo abarca todo y lo llena todo. Nadie lo puede acaparar, nadie se lo puede apropiar, nadie tiene el monopolio. Va más allá de todas nuestras definiciones y de nuestras fronteras. No se lo puede dominar. Siempre sobrepasa todo lo que podemos pensar, siempre nos transciende. Así como no nos podemos apoderar de la luz y encerrarla en un compartimento estanco, tampoco podemos reducir a Dios a nuestras categorías humanas. Si pudiéramos hacerlo, la luz no sería ya luz y Dios no sería Dios. Sería un objeto más, o un ser más, en nuestra colección humana, un nombre más en una enciclopedia. Una explicación imperfecta y falsa.

A Dios no lo podemos encontrar en ningún lugar del universo. No está. Tanto si vamos hacia arriba, hacia los astros, como si bajamos a las profundidades de la tierra, no lo encontraremos. Ninguna clase de investigación humana, ningún examen minucioso, ninguna reflexión por profunda que sea, nos descubrirá a Dios. Por esto, los ateos tienen razón: Dios no existe. Y aún así se quedan cortos, porque añaden “probablemente”, algo que yo suprimiría. Sencillamente, en el mundo de las categorías humanas, Dios no existe más allá de unas vagas definiciones, a menudo absurdas, y unas imágenes casi siempre distorsionadas.

Quizás decir todo esto sea otro discurso falso, como lo son los que hacemos en referencia a Dios. No tengo ningún monopolio de la verdad. Y si digo lo que digo lo hago como hombre falible, siempre expuesto al error, y como una reflexión en voz alta para que Dios me corrija. Porque decir que Dios no existe no es tampoco decir toda la verdad, cosa que a nosotros los humanos nos está vedado. Es simplemente afirmar que Dios no pertenece a nuestro mundo ni a nuestra dimensión. No es ubicable, no está en ningún padrón, no es ciudadano de ningún país. No es sumable a nuestro patrimonio universal.

Ahora bien, si Dios no existe, ¿por qué nos hemos de preocupar? ¿No podemos simplemente dejarlo de lado como un resto legendario de un pasado remoto? La respuesta es que no podemos hacerlo porque Dios, a pesar de no existir a la manera de la existencia humana, se hace presente en nuestro mundo. Continuamente. No forma parte de nuestro universo, pero está muy presente en nuestra experiencia humana. Cada vez que buscamos sinceramente a Dios, lo encontramos. No en un rincón del universo, ni en la reflexión teológica, ni en la práctica de fórmulas mágicas. Lo encontramos en el centro de nuestro camino, cuando emprendemos un viaje al interior de la vida; cuando lo buscamos en el fondo de nuestro corazón, cuando nos atrevemos a creer y confiar. Dios se deja encontrar por el que lo necesita y lo busca: el padre desesperado del evangelio, el discípulo incrédulo después de la resurrección, el perseguidor de la iglesia que daba “coces contra el aguijón”. Aquel que es capaz de decir a Dios “creo, ayuda mi incredulidad” está en el camino del encuentro, está cerca de Dios. Está a tocar.

Hay muchos creyentes que no conocen a Dios. No lo han encontrado nunca como el amigo, el compañero, el consolador. Han entrado en una iglesia, han creído unas doctrinas, se han hecho miembros, pero les falta el encuentro personal con Él. Tú y Dios. Solos. Como Pablo. una vez convertido, se fue al desierto para encontrar-se con Dios en la soledad y en el silencio. Para todos estos creyentes, Dios no existe a la manera que hemos dicho antes, pero no les digáis que es sólo un nombre, una leyenda, un cuento o una fábula. Saben muy bien en quien creen. Han tenido la experiencia. Dios no existirá en nuestro mundo, pero forma parte -y una parte muy importante- de su vida. Han convivido con Él. Y esto es lo que realmente importa. Dios no es una hipótesis posible, ni una explicación del universo, ni el fruto de una reflexión. Dios, cuando lo conocemos de cerca, es, por decirlo en pocas palabras: la compañía, la fuerza y la esperanza. Eso no es teología, ni forma parte de la dogmática, ni es una noticia para salir en los periódicos. Es, en la simbología de Jesús, el tesoro encontrado en el campo, o la piedra más preciosa, o el descubrimiento más maravilloso. No pertenece al campo de la política, ni de la religión, ni de las ideología humanas. Pertenece al corazón, a la experiencia personal, a la vida interior. No da dividendos, ni influencia, ni nos hace humanamente sabios. Es riqueza personal, sabiduría interior, vida en plenitud. Quien tiene esto, sabe que ha pasado de la muerte a la vida: que ha vencido al infierno, que no es el Guantánamo particular de Dios, sino su don a los hombres para liberarlos de sus fuerzas destructivas.

El misterio de Dios estará siempre presente en la vida humana. Año tras año, siglo tras siglo, los hombres y las mujeres de nuestro mundo continuarán preguntándose por qué Dios no es visible y comprobable. Las respuestas continuarán siendo las de siempre. Seguirá, bajos diferentes formas, la guerra de los anuncios en los autobuses urbanos. Sí y no en una discusión que nunca se acaba. Pero, por encia de esta discusión estéril siempre estarán los creyentes que, en su necesidad, habrán encontrado a Dios como el que rompe nuestra soledad, nos da fuerzas para seguir adelante en el camino de la fe, y en su paz y alegría nos abre la posibilidad de vivir en la esperanza de un mundo mejor, un mundo al que dedicamos nuestros esfuerzos y en el que luchamos contra toda clase de opresión, violencia y muerte. Por encima de los reinos de este mundo, buscamos el Reino de Dios. Aquí y ahora. Allí y después.

 

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