Sep 5 2007
Temas Bíblicos

Panes y peces

José A. Fernández

En Marcos 6 se nos relata la historia en la que una multitud de 5000 personas es alimentada cuando son presentados 5 panes y 2 peces. Dos capítulos más tarde, en Marcos 8, Jesús y sus discípulos se encuentran de nuevo en una situación sospechosamente similar a la anterior, esta vez con 4000 personas y 7 panes y unos cuantos peces, y la conversación entre ellos se repite hasta tal punto que da la impresión que los discípulos de Jesús tienen una memoria mucho más corta de lo que podríamos imaginar (o una falta de fe completamente increíble). Para sorpresa de cualquier lector, después de haber presenciado una historia muy similar solo dos capítulos antes, encontramos que los discípulos preguntan de nuevo: “¿De dónde podrá alguien saciar de pan a éstos aquí en el desierto?” (Marcos 8:4). Una posible explicación a esta incomprensible incredulidad puede ser que el autor del evangelio de Marcos encontrara estas dos versiones de un mismo evento por separado (en fuentes distintas) y, en una decisión editorial, las utilizara como dos historias distintas referidas a eventos distintos (esto explicaría la decisión editorial alternativa de los escritores de los evangelios de Lucas y Juan de tomar una de las dos historias y desechar la otra; ellos probablemente se dieron cuenta de que eran distintas versiones de una misma historia).

Dejando a un lado si fueron una o dos las historias acerca de esta memorable comida con Jesús, me gustaría pensar un poco acerca del milagro en sí. ¿Convirtió Jesús unos pocos panes y peces en miles? ¿Fue ese realmente el milagro? La pregunta no se basa en mi falta de incredulidad acerca de la posibilidad de que Dios pueda multiplicar comida sin apenas ningún esfuerzo. El diablo mismo, según dos de nuestros evangelios, tentó a Jesús intentando que convirtiese piedras en panes, que rompiese los límites físicos, políticos y económicos de una sociedad en la que muchos de sus habitantes estaban viviendo en la miseria, y crease una fuente inacabable de alimento para todos esos hambrientos que vivían en su entorno. Por tanto, he de suponer que el mismo diablo creyó que Jesús era capaz de realizar tales milagros (y muchas fuentes anti-cristianas atestiguan de esta posibilidad de que Jesús estuviera realizando milagros). Mi problema con este milagro en particular es que, cuando fue tentado por el diablo, la respuesta de Jesús en este caso fue negativa: no iba a convertir piedras en pan, no iba a romper los límites de la sociedad (al menos no como muchos esperaban), no era su plan crear una fuente inacabable de alimento de la que todos pudieran saciarse. De hecho, las propias bienaventuranzas resumen un mensaje muy distinto a ese de convertir piedras en pan. Lo que él parecía ofrecer era algo mucho más sutil, no agua de un pozo sino agua viva del alma, no pan humano sino pan divino. Esa fue su respuesta entonces… ¿por qué iba entonces a cambiar de plan?

Si bien es muy posible que Jesús hubiera realizado milagros en su ministerio, muchos de los relatos acerca de estos milagros han llegado hasta nosotros rodeados de mucho más material tradicional y legendario del que inicialmente debieron tener. Esto es normal: los evangelios fueron escritos decenas de años después de la muerte de Cristo, y la tradición oral era muy susceptible a adiciones y modificaciones a lo largo del proceso de comunicación. Además, no hemos de olvidar que el propósito principal de los creadores de los evangelios no era relatar fielmente los eventos históricos que habían acontecido a lo largo del ministerio de Jesús. Su propósito era otro: “Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre” (Juan 20:31).

La pregunta es: ¿de dónde sacaron entonces los creadores de los evangelios tradiciones y leyendas de las que pudieran tomar y adjudicarlas a Jesús? Una de las fuentes principales fue el Antiguo Testamento, ya que la Iglesia primitiva creía que Jesús había venido para cumplir lo que había sido profetizado en aquellos antiguos escritos judíos, y no solo a cumplir sino a superar. Y entre las muchas historias del A.T., los relatos de los ministerios de Elías y Eliseo sirvieron como patrón de muchas de las historias que encontramos en nuestros propios evangelios (no sin razón algunos creían que Jesús era Elías). Leamos, por ejemplo, la historia que encontramos en 2 Reyes 4:42-44:

“Vino entonces un hombre de Baal-salisa, el cual trajo al varón de Dios panes de primicias, veinte panes de cebada, y trigo nuevo en su espiga. Y él dijo: Da a la gente para que coma. Y respondió su sirviente: ¿Cómo pondré esto delante de cien hombres? Pero él volvió a decir: Da a la gente para que coma, porque así ha dicho Jehová: Comerán, y sobrará. Entonces lo puso delante de ellos, y comieron, y les sobró, conforme a la palabra de Jehová”

Como vemos, ambos testamentos especifican el número de personas hambrientas (100 en el A.T. y 4000 o 5000 en el N.T., un número mucho mayor, lo que implica un milagro mucho mayor); ambos hablan de la poca comida que tienen disponible (20 panes en el A.T. y 5 en el N.T., de nuevo un milagro mucho mayor); en ambas historias los profetas dicen a sus discípulos que den de comer a la gente y en ambas los discípulos protestan ante la falta de alimento; finalmente, en ambos casos las multitudes son alimentadas y al final incluso sobra comida. ¿Es posible que cierta tradición acerca de una comida memorable con Jesús haya sido modificada en consonancia con ciertas historias del A.T. convirtiéndola así en algo un tanto distinto a lo que fue en realidad? ¿Es posible que ciertos escritores cristianos sintieran la libertad literaria como para realizar cambios de tal envergadura?

La versión que nos presenta el evangelio de Juan confirma nuestras sospechas. Mientras que en todas las historias que aparecen en Mateo, Marcos y Lucas, son los discípulos quienes tienen los panes y los peces, en Juan 6:9 se nos dice: “Aquí está un muchacho, que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos; mas ¿qué es esto para tantos?”. La pregunta es: ¿De dónde sale este muchacho que tantos recordamos cuando pensamos en esta historia, y por qué ninguno de los otros evangelios le menciona? Es muy posible que Juan conociera la tradición (del A.T.) utilizada para la creación (o modificación) de esta historia y añadiera otros elementos que aparecen en ella y que le dan un tono aún más dramático. De hecho, si tomamos la versión de 2 Reyes 4:41-44 que aparece en la Septuaginta (LXX), ahí encontramos al muchacho (paidarion) que utiliza Juan, al igual que los panes de cebada (artous krithinous) que no menciona ningún otro evangelio excepto el de Juan. Al conocer la procedencia de esta tradición, este último autor decide tomar algunos elementos más de esta historia veterotestamentaria con la intención de añadir ciertos elementos dramáticos. Y gracias a estos elementos, Juan confirma nuestras sospechas acerca de la procedencia de los elementos tradicionales de esta historia del milagro de los panes y los peces.

Entonces, ¿es que no hubo milagro? Personalmente me inclino a pensar que sí, que hubo un milagro mucho mayor que el que hemos acabado interpretando en estas historias evangélicas. Irónicamente, lo cierto es que si leemos algunas de estas historias evangélicas, en ellas no se menciona nunca ningún milagro en absoluto. Fijaos bien en lo que se dice en una de ellas:

“Pero el día comenzaba a declinar; y acercándose los doce, le dijeron: Despide a la gente, para que vayan a las aldeas y campos de alrededor, y se alojen y encuentren alimentos; porque aquí estamos en lugar desierto. Él les dijo: Dadles vosotros de comer. Y dijeron ellos: No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta multitud. Y eran como cinco mil hombres. Entonces dijo a sus discípulos: Hacedlos sentar en grupos, de cincuenta en cincuenta. Así lo hicieron, haciéndolos sentar a todos. Y tomando los cinco panes y los dos pescados, levantando los ojos al cielo, los bendijo, y los partió, y dio a sus discípulos para que los pusiesen delante de la gente. Y comieron todos, y se saciaron; y recogieron lo que les sobró, doce cestas de pedazos” (Lucas 9:12-17)

No hay milagro espectacular, ni siquiera se menciona una palabra del tremendo asombro que debió causar el haber multiplicado (contra natura) unos pocos panes y peces para dar miles. Mucho menos volvemos a leer que a alguien se le ocurriera pedirle a Jesús (en vista de su capacidad multiplicativa) que volviera a multiplicarlos para dar de comer a los muchos pobres que le rodeaban (ah, sí, solo al diablo se le pasa por la cabeza tal tentación de alimentar a los pobres, pero Jesús no cae). Lo cierto es que lo único que se dice en el texto es que Jesús decidió juntarlos en grupos de 50, que dio gracias por los alimentos y que los repartió, y que al final de la comida todos habían comido suficiente. ¿Cómo? Creo que en el fondo todos sabemos cómo. Hay un refrán que dice: ‘cuando la barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar’. Cuando creemos que hay falta de comida, intentamos esconder lo que tenemos y guardarlo para que nadie sepa que tenemos, con la intención de que los nuestros tengan suficiente. Es cuestión de instinto. A veces es un instinto que refleja la realidad, y otras veces es solo consecuencia de nuestra propia percepción de esa realidad: creemos que tenemos poco y necesitamos más, y por tanto escondemos lo ‘poco’ que tenemos de los demás. Parece que el milagro de Jesús fue conseguir contrarrestar la tremenda fuerza de ese instinto humano y hacer que (al menos en esta ocasión) todos compartiesen lo poco que tenían, dándose cuenta al final de que no era tan poco como habían imaginado al principio. Sin duda esa debió ser una comida memorable, una comida como ninguna otra, en la que la fuerza de la solidaridad, el amor y la koinonia debieron notarse tremendamente. De ahí el interés de estos cuatro escritores por mantener el recuerdo del milagro de los panes y los peces.

A ver si algún día se nos mete en la cabeza a los cristianos que el verdadero milagro que Dios espera en medio de su pueblo a veces no tiene tanto que ver con la ruptura de las leyes de la naturaleza, sino con la ruptura de las leyes de la condición humana. El verdadero milagro es la conversión del ser humano de un ser egoísta y despreciable en uno que se atreve a compartir incluso cuando no está seguro de si va a tener suficiente para mañana.

 

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1 Comentario

  1. karem dice:

    Hola!!!!!!!!!!!

    esta genia eso, ehh
    el sabado pasado efher predico hacerca de eso,estuvo muy padre, es un gran mensaje, y es cierto aveces nos preocupamos demasiado por lo que no tenemos, que olvidamos lo que tenemos, aunque sea poco, es lo suficiente para que Dios nos use, en verdad es un gran mensaje!!!!!
    me ha hecho reflexionar muchas cosas en mi vida!

    saludos Zabdiel!!!!
    espero que estes super bien!!!!
    haber cuando podemos volver a platicar, jej mas tempra, jej

    saludos!!!!!
    Dios te siga bendiciendo asi!!!!
    ………=)………=D

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