Oct 1 2011
Temas Bíblicos

Santidad

Oseas F. Lira

En la lección núm. uno de la Esc. Sab. no hay una definición de Santidad, sólo se habla de tres tipos de hombres que se consideraban santos, los fariseos: Elitismo, externalismo y legalismo, pero no esos no son tipos de santidad, reitero, sólo son tres tipos de fariseo que se consideraban santos.

Yo hablaría de al menos dos tipos de santidades. Una impuesta (quieras o no) y otra decidida y practicada por el individuo. Esto no lo tomo de ni un libro sino que es producto de mi reflexión y observación. Y lo explico así:

  1. Dios nos hace santos desde el momento de nacer, pero con el tiempo uno va perdiendo esa santidad. Esta santidad se logra y se entiende porque santo es el que no peca, el que está apartado del pecado. Por eso es que decimos que los niños no necesitan bautismo. Entonces, cuando uno nace uno no viene con pecado original -como cree la Iglesia Católica- sino que uno nace inocente, por eso es que Jesús pone como ejemplo a los niños, y pide que seamos como ellos= Inocentes, quien no peca es inocente y es santo.
  2. Otra santidad es la que se adquiere con conciencia por práctica, y puedes ver 1 Cor 1:2 Pero hay más, que en la Escuela no se menciona: Santidad Posicional. 1 Pe 3:18; Heb 10:5-10 Santidad Práctica, Rom 1:7

Y aún yo tengo una tesis más, ésta la baso en Lev 21:1. Ahí Dios dice una frase clave para mí (y a ésta me refiero como santidad “impuesta” por Dios) La FRASE ES “Diles que no se contaminen.” Ahora, por qué pide Dios que no se contaminen los sacerdotes? Por una razón sencilla, porque estaban santos. Pero y cómo es que los sacerdotes estaban santos? Pues de la siguiente manera: Porque Dios los eligió, ¿para qué?, para que oficiaran. Por lo tanto. Se adquiere la santidad cuando Dios nos elige. Esa es la otra mitad de mi tesis respecto a la santidad impuesta. Sólo se contamina lo que está limpio, ¿o no?
Nosotros fuimos elegidos, por su gracia, para conocer el evangelio; el sacrificio de Cristo y el bautismo nos limpió, es decir nos dejó en santidad. Sí, esta es la otra mitad de la primera santidad.
Complemento informativo: Dios hizo a Adán y Eva santos, pero ellos se contaminaron, que es lo que Dios pide que no haga nadie. Sin embargo ellos se fueron de una santidad inicial a un estado de contaminación, porque pecaron, y aquí puedo entonces ya dar una definición rústica de Santidad, pero bien fundamentada: “Santidad es estar apartado del mal, del pecado, de la desobediencia.” Decía, Adán y Eva fueron de un estado de Santidad a un estado de Pecado. Con el segundo Adán, es decir con Cristo, nosotros también fuimos de un estado de Santidad a un estado de Pecado. La Palabra dice: Por cuanto todos pecaron. Sí, esa era la condición, no hay nadie que no peque, pero lo hace uno consciente y a medida que crecemos. Es decir hablamos un poco de la naturaleza del hombre. Sí, porque es parte de la naturaleza del Hombre, pero eso se le adjudica al Diablo, por eso es que cuanto más tiempo pasa, el Diablo más culpa tiene y mayor será su castigo. No todo depende del hombre nada más. Pero Dios en su misericordia nos dio de nuevo el regalo de la Santidad mediante el conocimiento de su Hijo. Esto es un poco el complemento a la Santidad 1: Santidad impuesta. Ora sí que es “a fuerzas”. Pero el hombre insiste en pecar. Nacemos en santidad, luego pecamos, luego conocemos a Cristo y volvemos a ser limpios (es decir sin pecado) pero luego aún siendo bautizados volvemos a pecar.
¡Entonces Dios saca una tercera oportunidad!, y esa la baso en Romanos 4:17. Ojo, en ese verso hay una frase que dice: “Dios llama a las cosas que no son como si fuesen” es decir. Dios nos llama santos aunque no lo seamos, pero como si ya fuésemos. Por eso a lo largo de todas las epístolas a los creyentes se les llama santos. Esta oportunidad es un tercer regalo de Dios. O sea que Dios es muy insistente y a fuerza nos declara santos. Y en eso veo su enorme misericordia, en que él a fuerza quiere que nos salvemos, seamos santos o no. Queramos serlo o no él nos da varias oportunidades La santidad es un regalo, regalo, regalo a fuerza lo quieras o no. Finalmente somos declarados por Dios santos, queramos o no. Entonces cobra sentido el verso de 2 Pedro 3:9: “Dios no quiere que nadie se pierda, sino que todos procedan al arrepentimiento.” Digamos entonces que la visión o plan de Dios para el hombre es que se salve a la de a fuerzas. Y el hombre está condenado a una cosa: ser hijo de Dios, practicar la santidad y alcanzar la salvación.

Santidades equivocadas o falsa santidad

  1. La de los sacerdotes, que creyendo que lavarse veintitantas veces al día quedaban limpios. Esa visión fue luego llevada todavía más al extremo por los escribas y fariseos: que no veas a mujer en la calle, que no escupas en casa, que no toque a enfermo, etc… y Jesús les dice: “Misericordia quiero y no sacrificio” Por lo que deducimos que la santidad no es material ni de formas, ni de sacrificios.
  2. Otra santidad equivocada, la de los ermitaños y los ascetas medievales. Unos se iban a vivir solos a la montaña, otros se recluían en los monasterios para estar apartados del mal.

Esas dos visiones son erróneas, porque creían que Santidad es estar apartado de la gente y de lo material, y basan sin fundamento si creencia en la postura filosófica griega (dicotomía del BIEN y el MAL).
Para Dios una fruta no es mala, pero si la usas para hacer brujería y luego la encuentras tirada debajo de un árbol y sabes para qué la utilizaron, entonces esa fruta ya es mala.
El árbol del Paraíso no era malo en sí si nadie lo tocaba. Solito ni sacaba chispas, ni escupía, ni pondría a la piel de Adán de color de pecado. Lo malo estuvo en desobedecer.
3ra. Concepción equivocada: la de la Iglesia Católica de hoy. Creen que santidad es llamar al papa “Santo Padre”, que la Misa para que sea santa y acepta a Dios debe ser como la instituye la Iglesia: que a tal hora debe entrar el sacerdote, que el niño debe mover el incensario de tal forma, que las campanas, que la hostia no se toca con las manos, etc… puros rituales lejos de la Palabra escrita en la Biblia.
En la Iglesia de Dios también hay falsas y muy malas concepciones de santidad: que si no llegas a las 10 am el sábado, que si no ofrendas, que si hacen ruido tus niños dentro del templo, que si no participas en la Escuela no eres santo.
Pero si llevas a tus hijos limpiecitos al templo, tu himnario forrado, tu esposa sonriente y saludando a todo mundo y con su falda larga y su velo enorme… entonces tú y tu familia son SUPER SANTOS. Y como dijera el comercial ¿y la Cheyene papá? es decir: ¿y la MISERICORDIA? Misericordia quiero y no sacrificio, ni tampoco apariencias.
Yo empezaría la lección preguntando sinceramente no sólo qué piensan de su santidad, sino qué tanto les pesa ser santos, qué tanto son santos, qué tanto la practican…. etc. Sólo me gustaría que se aclarara a los hnos. que en nuestra Iglesia también hay falsos conceptos de Santidad. Tristemente veo que en nuestra Iglesia:
No se practica la santidad
No se sabe que es santidad
Hay falsa santidad
A muchos no les interesa la santidad
Estamos lejos de la santidad, etc.
(Estando tan cerca ella de nosotros, según mi tesis de Romanos 4:17)

¿Qué dice la biblia acerca de la santidad?

“Como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: sed santos porque yo soy santo” (I Pedro 1:15-16).
Cuando damos una mirada a la vida cristiana, descubrimos que estamos llamados a vivirla a plenitud pero también, a conciencia. No es asunto simplemente de pasar al frente del templo cuando escuchamos al predicador y decir que “recibimos a Jesús” como nuestro Señor y Salvador. Ser cristiano es mucho más. Implica compromiso. Y el compromiso lo testimoniamos con santidad de vida.
El texto con el que iniciamos nos enseña varios aspectos que debemos tener presentes siempre:

Un llamamiento específico. Todos somos el producto de un accidente histórico y no profesamos la fe cristiana porque sea parte de la moda. En absoluto. Somos cristianos porque con esa designación se identifica a quienes somos seguidores del Señor Jesucristo. Militamos en su ejército. Hemos adoptado la decisión firme de caminar tomados de su mano.

  1. Dios nos llamó. Nos sacó de una vida sin sentido y sin propósito. Él quiere que nuestra existencia tenga un norte. No que andemos, como un barco a la deriva, de aquí para allá, sin un puerto seguro en el cual atracar. ¿Has meditado en ese llamamiento? Ir a la iglesia o escuchar al predicador en la radio o la televisión o aquella persona que nos habló de Cristo, no llegaron a nuestro camino así como así; sin duda, el que nos testificaran del Hijo de Dios obedece a un Plan concebido con antelación por Dios el Padre para que seamos salvos.
  2. Dios es santo. Quien nos llamó es Dios. Lo hizo para que viviéramos una existencia plena, absolutamente renovada, dinámica, con un crecimiento permanente en todas las áreas. A nivel personal y espiritual. Y Dios es santo. Es algo que no podemos olvidar jamás. No comparte el pecado. No es lo que espera de nosotros. Espera, como lo describe el apóstol Pedro, que haya en ti y en mi, santidad en nuestros pensamientos y acciones.
  3. La santidad, un compromiso. Si fuimos llamados por Dios, y Él es santo, sin duda lo que espera de nosotros es que seamos un pueblo escogido, santo, que camina siempre delante de su presencia sin mancha.

El imperativo de nuestro Padre para nosotros es: “Sean santos, como yo soy santo”. No es algo opcional, es lo que Él espera de todos: Santidad por encima de las circunstancias, santidad en todo momento, santidad como característica esencial de nuestro testimonio cristiano.
La santidad es necesaria
La santidad es una necesidad para el cristiano. Se debe reflejar en nuestro desenvolvimiento cotidiano, tal como lo plantea el apóstol: “Procuren estar en paz con todos y llevar una vida santa; pues sin la santidad, nadie podrá ver al Señor” (Hebreos 12:14. Versión Popular).
Pero hay algo más y es que sin la santidad nadie verá a Dios. O sea que no es posible andar con un pie en la mundanalidad y otra en las cosas sagradas, y pretender que en nuestro desempeño estamos agradando a Dios. Quien obra así, está gobernado por la carne y por mucho que se esfuerce, no hará más que desagradar a Dios.
La Santidad, ¿es posible lograrla? Sin duda que sí, en la medida en que dependemos del Señor Jesucristo como nuestro Salvador y Guía. Si por el contrario pretendemos lograrlo en nuestras fuerzas, estaremos condenados al fracaso.

Definiendo qué es una vida santa

Una vida santa es la que lleva quien se aparta de toda práctica de pecado y consagra sus esfuerzos al servicio a Dios y a sus semejantes. Es marginarse de todo aquello que, a conciencia, sabemos que es desagradable delante del Señor.
Pablo ofreció una definición sencilla y práctica de lo que significa la santidad: “Lo que Dios quiere es que ustedes lleven una vida santa, que nadie cometa inmoralidades sexuales y que cada uno sepa dominar su propio cuerpo en forma santa y respetuosa, no con pasión y malos deseos como las gentes que no conocen a Dios. Que nadie abuse ni engañe en este asunto a su prójimo, porque el Señor castiga duramente todo esto, como ya les hemos advertido. Pues Dios no nos ha llamado a vivir en impureza, sino en santidad. Así pues, el que desprecia estas enseñanzas no desprecia a ningún hombre, sino a Dios, que les ha dado a ustedes su Espíritu Santo.” (1 Tesalonicenses 4:3-8. Versión Popular).
Santidad está asociada con un cambio de pensamientos y actitudes hacia Dios y hacia nuestro prójimo. Lo uno no puede estar al margen de lo otro.
La concepción de Jesucristo en torno la santidad: “Jesús le contestó: —El primer mandamiento de todos es: ‘Oye, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.’ Pero hay un segundo: ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo.’ Ningún mandamiento es más importante que estos.” (Marcos 12:29-31. Versión Popular).
La santidad glorifica a Dios. Es nuestro tributo y reconocimiento a la Salvación que trajo a nuestra existencia.
Cuando hay santidad, también hay crecimiento en el área espiritual.
¿Qué impide la santidad en nosotros? El ánimo carnal o pecado. Tomados de la mano del Señor Jesucristo, él nos dará la victoria.

Abandonando el pecado surge la santidad

No importa qué hayamos logrado en la vida. Si no tenemos la santidad, hemos perdido lo fundamental. Partamos del imperativo de Pablo en Colosenses 3 de “desvestirse” y “vestirse”. Él destaca cuatro conceptos de 2 Corintios 7:1 de cómo el creyente llega a la santidad.
El principal mandamiento de Dios, aquel que dirige todo lo que Dios demanda de nosotros. Fue declarado por Jesús: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.” (Marcos 12:30) Y el segundo gran mandamiento: “Ama a tu prójimo como a ti mismo.” (Marcos 12:31)
Sugerimos un mandamiento más en el tercer lugar de importancia: “Sean ustedes santos, porque yo soy santo.” (1ª Pedro 1:16) Realmente no es una “sugerencia”, y “no hay alternativa”. Dios demanda nuestra santidad. Y para acentuar la importancia que tiene en nuestra vida, el autor de Hebreos afirma: “Pues sin la santidad, nadie podrá ver al Señor.” (Hebreos 12:14). Este versículo enciende una luz roja de advertencia en nuestra mente. Sin duda los temas de actualidad en nuestras iglesias son importantes: la alabanza, la evangelización, el estudio, la oración, etc. Pero a pesar de la importancia de los muchos temas que manejamos, la realidad es que “sin santidad, nadie podrá ver a Dios”. Si descuidamos esta dimensión de la vida cristiana, ninguna de las otras tiene valor.

Algunas aclaraciones

Primero, somos santos, pero no lo somos. Es decir, la Biblia dice que ya somos santos, sin embargo, también deja claro que todavía no lo somos en su sentido pleno.
El significado principal de la palabra “santo” es “separado”. Una cosa o persona “santa” es aquella que ha sido separada para Dios. El cristiano es “santo” porque ya no es “hijo de Satanás” sino hijo de Dios. Ha sido apartado de la “humanidad” para participar en un reino diferente, para participar en y con un pueblo diferente. Es por esta razón que Pablo llama “santos” a “todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo.” (1 Corintios 1:2). Si soy de Cristo, soy santo. Pero ser santo como Dios es santo es otro tema.
Uno puede ser hijo de Dios, pero, aun así, puede estar siguiendo un estilo de vida que está lejos de ser santo. Todos conocemos a hermanos que son capaces, inteligentes y conocedores de la Palabra, pero seguro conocemos a pocos santos.
Segundo, la santificación no es un evento, es un proceso. Es tentador pensar que la conversión, u otra experiencia cristiana incluyera la santificación como un hecho acabado.
Siempre ha habido quienes piensen que esto sí es posible, especialmente en el siglo XIX. El planteamiento de esta gente es que un cristiano puede experimentar una “consagración”, un “bautismo”, una “unción” u otra clase de experiencia que lo deja libre de pecado. Pero Juan enseña que esta pretensión es mentira. La persona que piensa que ha superado al pecado se engaña a sí misma (1 Juan 1:8). Una buena parte del Nuevo Testamento es exhortación a apartar de nuestra vida ciertas actitudes y prácticas, y a agregar a ella otras. Si fuera posible reducir el proceso a una “experiencia”, buena parte del Nuevo Testamento no sería necesario.

 

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