Jul 20 2007
Temas Bíblicos

Una Iglesia que sirve

Oseas F. Lira

En el evangelio de Juan 13:14-15 encontramos la imagen viva del servicio, esta imagen la da el Señor Jesús, cuando hace un acto de humildad al lavar los pies de sus discípulos.

En nuestra vida diaria tenemos otras imágenes vivas del servicio. Viene a mi mente, por ej., la imagen del aseador de calzado: ahí está él, hincado en el piso o sentado en su banquito lustrando los zapatos de una persona. Él pone el toque que hace falta para completar la imagen de las personas, porque ciertamente una persona bien aseada, peinada y vestida pulcramente echa todo a perder si lleva los zapatos sucios, entonces es cuando cobra importancia el aseador de calzado.

Sin embargo, quiero traer a la memoria otra imagen viva del servicio, es una que se encuentra en el Antiguo Testamento, se trata del profeta Eliseo, hijo de Safat; en algunas versiones, al referirse a él (2 Reyes 3:11) la palabra dice: “Eliseo, el que vertía agua en las manos de Elías.” Esta expresión es una manera de decir que Eliseo era siervo de Elías, Eliseo le servía al profeta. Imaginemos a Eliseo desempeñando una tarea muy humilde, la de echar un poco de agua en las manos del profeta para que éste se lavara. Ésta es una manera de describir a un judío que todo mundo lo podía identificar con facilidad. Había bataneros, profetas, sacerdotes, militares, etc. pero a Eliseo sencillamente se le identifica como una persona que sirve al gran profeta Elías. ¿Quién iba a imaginar que un buen día el que echaba agua en las manos del profeta se iba a convertir en el portavoz directo de Dios? De alguna manera, Eliseo tomó el lugar de Elías. De no ser ni siquiera un simple acompañante de Elías, éste pasó súbitamente a ocupar su puesto y a escuchar con mayor cercanía la voz de Dios. Aquí encontramos una gran enseñanza: En la obra del Señor no son importantes ni rango ni posición social ni cultural, lo único que Dios toma en cuenta para llamar es que uno esté verdaderamente dispuesto a servir, no importa el puesto en que uno esté colocado.

Enlacemos la historia anterior con otra cuyo centro de acción fue Filipinas, durante la Segunda Guerra Mundial. En un parque de Manila, hay un monumento con el que se recuerda a los militares que en los años 40 dieron la vida allí por sus compatriotas. En ese parque hay varias columnas de mármol, y cada columna tiene inscrito un nombre de un militar. Junto a algunos nombres hay también una estrella grabada, y esa es una manera de indicar qué militar ganó la medalla de Honor del Congreso. Pero entre todas las columnas, estrellas y nombres, hay una columna que tiene además una inscripción por demás inusual, el letrerito dice: “Walter Peterson, cargador de agua.” No sabemos algo más sobre Walter ni qué otras responsabilidades tenía, pero esa leyenda nos dice mucho: él se encargaba de traer agua, de saciar la sed de los combatientes, de conseguirla quizá entre el fuego cruzado, o de cargarla no sabemos desde dónde, pero gracias a esa inscripción junto a su nombre sabemos que él desempeñaba su trabajo extraordinariamente bien, él servía agua a los soldados, y lo hacía de una manera tan especial que una vez muerto mereció ser distinguido con este honor tan alto por el que hoy se le recuerde a la vez que se le distingue sobre los demás soldados.

Hermano, el mundo necesita combatir día a día contra el maligno y nosotros somos los encargados por Dios para saciar la sed de estos combatientes. Gracias a Dios por esta posibilidad que nos da de conscientizarnos sobre nuestra responsabilidad. ¿A usted le parece insignificante su trabajo en la obra del Señor?, ¿siente que no es digno de la atención de nadie? ¡No importa, no se preocupe por eso, sólo preocúpese por servir y por hacerlo bien, confiando en que algún día el Señor mismo le recompensará con el más alto reconocimiento: la medalla de honor del evangelio y con la corona de la vida eterna. Si bien no servimos para salvarnos, sí somos salvos para servir. Recuerde que para Cristo no hay servicio que sea insignificante: “Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa.” Mateo 10:42.

Que Dios lo bendiga en su labor diaria de servicio.

 

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