LupaProtestante

CUESTIÓN DE NÚMEROS

Nicolás Panotto, Argentina

“¿Qué es mejor: una pequeña comunidad de fieles comprometidos y comprometidas, o una iglesia numerosa con estructura propia, recursos y un mayor alcance en la sociedad?” Esta es una pregunta recurrente en distintos espacios eclesiales y denominacionales. Y su respuesta varía según el caso: una iglesia numerosa puede intentar justificar su empresa proselitista como también una pequeña comunidad explicar su situación.

Primeramente, hay que partir del hecho de que este tema no es cuestión de blancos y negros. Hay iglesias grandes que su número no implica una práctica proselitista, como también hay comunidades pequeñas que no desean ser un “pequeño pueblo muy feliz”, como canta el himno. Más allá de esto, no podemos evitar los hechos: el asunto de los “números” inquieta a buena parte de iglesias. La preocupación de algunas pasa por la obtención de mayores cantidades como un criterio de éxito. Pero hay también otras que, por ser iglesias de transplante o por ser completamente reacias a toda práctica proselitista o conversionista, se están quedando con muy poca feligresía, lo que está llevando a una grave crisis institucional y a un replanteo eclesiológico y misiológico.

Esto levanta algunos interrogantes: ¿Debe la iglesia “crecer”? ¿Tiene sentido hoy por hoy proponer una evangelización que aborde el ingreso de nuevos hombres y mujeres a las comunidades? ¿Por qué tanto rechazo al tema “numérico”? ¿Por qué tanta justificación, en un caso u otro, sobre el tema? En base a estas preguntas, me gustaría proponer los siguientes puntos para dialogar:

1. El criterio de lo numérico generalmente está abordado desde un punto de partida unilateral. Esto no implica que el problema planteado sea irreal, pero no es la única alternativa. Siempre se considera el tema desde el acuerdo o la negación con el criterio de lo numérico como marca de éxito o fracaso. Hay iglesias que buscan por cualquier medio obtener más hombres y mujeres que concurran a sus templos, lo que se fundamenta en una práctica claramente conversionista y proselitista. Por otro lado, hay iglesias que se oponen fervientemente a estas prácticas, y con genuina justificación, por lo cual evitan cualquier tipo de marco que refleje una imposición religiosa. Esta problemática es real pero no creo que sean los únicos extremos entre los cuales formular el tema numérico en la iglesia (y con “número” no deseo repetir el error de hablar de hombres y mujeres como simples signos con cierta atribución cuántica; tal vez habría que buscar otro término más feliz).

2. Lo “numérico” forma parte de la vitalidad de cualquier comunidad. ¿Podemos hablar de comunidad sin personas que la integren? Evitando hacer de esto una perogrullada, el cuestionamiento anterior me lleva a pensar sobre lo “numérico” desde una perspectiva más bien humana, concreta y hasta sociológica si se puede. Creo que debemos intentar salir del marco positivista propuesto por el fundamentalismo, donde tanto unos como otros se sitúan, y quitarle todo el peso que el tema trae respecto a marcos misiológicos torcidos o de expectativas compartidas con corrientes contemporáneas donde el valor pasa por los resultados cuantificables (lo cual no solo se proyecta a lo eclesiológico sino también a lo teológico, lo moral, lo político, etc.). Pasando al marco teológico, el evangelio se vive y se construye en comunidad. ¡La vida como tal se comprende de esta manera! Y creo que el evangelio de Jesús tiene mucho que dar para hacer del mundo un espacio de mayor vitalidad. Desde esta perspectiva, entonces, creo que es un compromiso que la iglesia no muera. Y por ello debe crecer, seguir en pie, en el sentido de ser espacio de vida y de convivencia desde un evangelio de paz, de justicia y de amor. ¡Aún creo en la iglesia! En consecuencia, lo “numérico” importa ya que las iglesias, como comunidades vivas de fe y justicia, pueden (y deben) ser un espacios alternativos para los hombres y las mujeres de nuestro mundo.

3. Diálogo y comunidad: dos ingredientes irremplazables en la evangelización. Desde esta perspectiva, entonces, surge la necesidad de resignificar el rol evangelizador de la comunidad de fe desde otros marcos interpretativos. De la imposición al diálogo; de la institución a la comunidad. Creo que estos deben ser dos ingredientes esenciales al hablar de evangelización. En primer lugar, hay que transformar el criterio proselitista y conversionista al dialogal, donde se reconozca al hombre y la mujer tal cuales son, como signos de vida, actores y actrices de su propia historia. Debemos sacar a la evangelización de este cariz de “destino manifiesto” tan común entre las iglesias evangélicas. Es así que podemos decir que la evangelización, en un sentido, implica una invitación a formar parte de la comunidad de creyentes. Pero no como una imposición para “ganancia” o “perdición”. Es una invitación a formar parte de un proyecto de vida, de un compartir mutuo donde todos y todas dan de lo suyo, aprenden unos/as a otros/as. En segundo lugar, no creo que sea incorrecto plantear el crecimiento de la iglesia siempre y cuando la intención sea crear una comunidad, no una institución o una estructura que exista y muera en sí misma (y esto tampoco implica que una comunidad carezca de rasgos institucionales). El criterio de ser una comunidad donde se comparta la vida, donde se denuncien las maldades de la opresión, donde se busque la justicia, marcará el rumbo sin llegar a ningún extremo.

Habiendo dicho todo esto creo que vale la pena que la iglesia crezca porque la fe en Jesús de Nazaret tiene mucho que dar al mundo en que vivimos. Creo que vale la pena evangelizar y buscar que hombres y mujeres ingresen a nuestras comunidades de fe ya que entre todos y todas podemos vivir plenamente la vida.

Para que pensemos y dialoguemos.

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