Homilías

Obediencia, vida instituida (lo debido) y vida nueva en el Espíritu

Victor Hernández

Tened cuidado, no vayáis a encontraros en lucha contra Dios.
Hechos de los Apóstoles 5, 17–42.

Uno tiene que aprender a obedecer para formar parte de una sociedad. En eso consiste la civilidad o la vida civilizada, en una sumisión que permite que las normas y el funcionamiento de las instituciones caminen adecuadamente. Esto incluye también la civilización occidental y moderna, en la cual vivimos, y en la que se otorga tanta importancia a la razón y a la libertad. Pero la razón supone también la obediencia y ya el filósofo Kant decía que podemos razonar todo lo que queramos y podamos pero que tenemos que ser obedientes. Del mismo modo, la libertad en una sociedad civil requiere el sometimiento obediente: por eso Hobbes dijo que el Estado es como un monstruo mítico (el Leviatán) que impone el orden necesario para poder vivir en armonía o, de lo contrario, viviríamos en un estado de guerra: se trata de un argumento intimidante, para que seamos obedientes.

Uno tiene que aprender a obedecer y aprendemos. Aprendemos a obedecer porque de otra manera sufrimos castigos y represalias. Las sociedades modernas ya no castigan de manera bárbara (aunque en la Ilustración sí se usaba la guillotina y en la actualidad se sigue usando la tortura, por ejemplo en la policía), pero castigan de manera civilizada: y esa manera consiste en anular a la gente que no obedece: es decir convertir al disidente en nada, hacerle invisible o desacreditarle de una manera que le anule. Una forma de anular muy efectiva consiste en declarar que lo que dice el (o la) desobediente no vale nada: se le deja sin voz, sin opinión válida, por ejemplo declarando que “está loco” o que “dice tonterías”. Un ejemplo que se me viene a la mente es en mi país, en México en 1994, cuando se levantaron en rebeldía los indígenas zapatistas el mismo día que entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (EUA, Canadá y México). Ellos hablaban (y hablan) de un cambio total de modelo de sociedad, pero se les desacreditó desde el inicio porque “son indios” y seguramente “había extranjeros que los manipulaban”. Es decir, los anulaban como sujetos incapaces de pensar por sí mismos e incapaces de rebelarse.

Uno aprende a obedecer porque de otro modo se pagan las consecuencias de exclusión, de marginación, de anulación, por parte de toda la sociedad. Y también aprendemos a razonar de maneras obedientes, porque los límites de la razón van de la mano con las prácticas de nuestra vida cotidiana. Entonces aprendemos a mirar y a valorar todo lo que nos rodea de una forma obediente y bien educada, con una moral que está, como dice el poeta Benedetti, “bien lavada y bien planchada”.

Esto nos hace suponer que la obediencia es siempre una virtud, un valor cívico, la única o la mejor manera de ciudadanía. Pero no necesariamente es virtuoso obedecer lo que viene del orden instituido, aún cuando sea un orden legítimo o legal. Los ejemplos clásicos están en los gobiernos totalitarios en Europa, como el fascismo o el nacionalsocialismo, en los cuales hubo mucha gente obediente y ahora se tiene por vergonzosa esa obediencia, dadas las consecuencias que llegaron al mismo genocidio. También en un régimen de dictadura se dan las obediencias, muchas de las cuales son obediencias convenientes para subsistir en la vida cotidiana o son obediencias para trepar, que nunca falta la gente oportunista.

Y lo que parece que se juega en el fondo, no es tanto la obediencia en sí, no es la mera cuestión de obediencia o desobediencia, sino que se juega la cuestión de “obediencia a quién”. Es decir que la obediencia tiene una función de control, pero también de sentido o de dirección, puesto que la obediencia sirve para algo o para alguien. Esto es fácil de comprender: cuando obedecemos en la escuela es porque aquello nos sirve para aprender (se supone) o cuando obedecemos en el trabajo es porque aquello nos sirve para lograr un trabajo en equipo y producir algo o realizar un trabajo útil y ganar un salario. En otras palabras, la obediencia se encamina hacia la construcción o el mantenimiento de la vida, de la vida común, de la vida en sociedad. De esa vida que nos sustenta como gente que convive y que espera que la vida sea digna y se pueda compartir colectivamente.

Pero la obediencia no siempre sirve a la vida y muchas veces no construye ni mantiene la vida, sino que sirve para ir contra la vida y construye y mantiene un orden de anti–vida o, mejor dicho, un orden social de sufrimiento y esclavitud. Por eso hay que preguntarse “¿obediencia a quién o a qué?”, porque en la vida de todos los días se obedece a un poder que sirve a la vida o se sirve a un poder que va contra la vida y genera enfermedad y muerte.

Seamos obedientes o no (aunque seguramente la mayoría practicamos una cierta obediencia) vengamos al texto de ésta mañana, donde se juega la “obediencia debida” al orden instituido y el conflicto que surge porque un grupo de gente decide que tiene que ser fiel a otro tipo de obediencia. Veamos cómo la vida resucitada que se anuncia en el evangelio entra en pugna con la vida social obediente.

En el relato se muestra de entrada la intensidad del problema: hay unas autoridades o unos líderes muy molestos: se trata del Sumo Sacerdote y los del partido saduceo (el partido saduceo tenía el control del Sanedrín o Junta Suprema, los saduceos eran algo así como el partido de los “realistas o pragmáticos”, puesto que aceptaban el control de Roma y pedían a cambio que se mantuviera el culto judío y el Templo como garante de la fe judía. Eran buenos negociadores y tenían el control político–religioso en Jerusalén. Ellos pensaron que era mejor que “muera un hombre y no que muera todo el pueblo” y con ese razonamiento decidieron la muerte de Jesús de Nazaret).

De entrada hay una acción muy violenta: cogen a los apóstoles y los meten a la cárcel (no sólo a Pedro y a Juan, sino a todos los apóstoles). Luego convocan a una reunión de la Junta Suprema. El texto usa una frase que llama la atención: dice que convocaron “a todos los ancianos de los hijos de Israel”. Es una frase idéntica a la que aparece en Éxodo 12,21 cuando Moisés convoca a los ancianos de Israel para instruirles (por vez primera) que celebren la Pascua, en víspera de ser liberados de la cautividad en Egipto. Aquí el texto quiere que pensemos en la liberación de Egipto, en el origen y fundamento de Israel, como pueblo que tiene un pacto con Dios, para servirle y adorarle porque le ha liberado de la esclavitud. Pero el texto nos muestra una perversión de esa memoria, porque ahora los dirigentes saduceos convocan para castigar, para impedir que se actúe con libertad por parte de los apóstoles.

Por otro lado, el texto nos muestra la inmediata liberación de la cárcel para los apóstoles: un ángel del Señor abre las puertas de la cárcel y les libera. Además, les pide que vayan al templo nuevamente a contar todo lo relacionado con “las palabras de ésta vida”, es decir todo lo relacionado con la vida resucitada, la vida nueva en el Jesús resucitado. Y ellos van al día siguiente, muy temprano, a seguir enseñando a la gente sobre la buena nueva. Como ven, se trata de una manera nueva de usar el templo: ya no es un mero lugar de rituales, sino que es el lugar donde se anuncia que ha ocurrido un cambio radical, que ahora hay una nueva libertad en el perdón de Dios, que son libres de toda esclavitud, sin que haya condición alguna.

Pero esto no se comprende así en los defensores del orden o de la institución. Los dirigentes saduceos se sienten defensores de la libertad y la verdad, y creen que deben proteger ese orden con todas sus fuerzas.
Por eso se enfadan tanto, porque advierten que los apóstoles son una amenaza al orden debido. Además, por parte de los apóstoles no hay consideración alguna para ese orden, no guardan prudencia alguna, sino que actúan guiados por el entusiasmo de la buena nueva, por la pasión de la vida resucitada.

Vemos entonces que el incidente de la liberación de la cárcel no tiene valor alguno para los dirigentes. Ellos no ven la mano de Dios en esa misteriosa liberación. Ellos sólo se enfurecen y más cuando la respuesta de Pedro es que “han de obedecer a Dios antes que a los hombres”. Pero ¡esa Junta representa precisamente a Dios! ¡Ellos son los representantes del Dios de Moisés y de toda la fe judía! Aquí vemos claramente el conflicto, porque los apóstoles hablan guiados por el Espíritu Santo (y Pedro dice claramente que el Espíritu Santo es “testigo junto con ellos” del mensaje de la vida resucitada). El conflicto aquí tiene todo lo necesario para acabar en una guerra desigual, en la que serán eliminados los rebeldes, los disidentes, quienes no obedecen. Pero no ocurre así, al menos no ésta vez.

El papel de Gamaliel es el papel de un fariseo que reconoce que Dios no se reconoce en las apariencias (religioso vs profano, obediencia vs desobediencia), sino en los efectos. Para Gamaliel los movimientos que fracasaron eran “cosas de hombres” y piensa que las “cosas de Dios” no pueden ser vencidas. En realidad, Gamaliel está haciendo una nueva aplicación de la misma experiencia del Éxodo, cuando Dios sacó a su pueblo de Egipto, de la esclavitud: toda la razón y la legalidad estaba de parte de las autoridades egipcias (tenían razones de Estado y legalidad como imperio soberano para actuar con sus esclavos como lo hacían), y sin embargo, fue posible su liberación: salieron de Egipto y se convirtieron en un pueblo en camino a la libertad. Al final, resultó que las autoridades estaban luchando contra Dios y no sólo contra un puñado de rebeldes, de esclavos insumisos y revoltosos. Me parece que éste es el discernimiento que logra hacer Gamaliel, que les recuerda a sus compañeros saduceos que no se sientan tan seguros de tener toda la razón y la verdad legal de su parte: que tal vez Dios esté con esos carismáticos y desobedientes que tienen enfrente, a quienes pueden encarcelar y hasta matar, pero que quizá no podrán detener el empuje de su testimonio.

Aquí me gustaría que reflexionemos como iglesias instituidas, como iglesias que se institucionalizan (de manera inevitable, seguramente, pero eso no significa que lo institucional sea la lógica que nos domine para actuar o pensar), como evangélicos que solemos despreciar y juzgar lo carismático con aires de superioridad racional y legal… ¿no estaremos a veces luchando contra Dios? ¿no estaremos evadiendo el soplo del Espíritu cuando nos resguardamos en la obediencia debida a las lógicas institucionales tanto eclesiales como de la sociedad de la que formamos parte (y lo justificamos diciendo que, como cristianos “somos buenos ciudadanos”, que no se meten en conflicto alguno)? ¿no será que a veces obedecemos a otros dioses, los dioses del orden instituido y que exigen “espíritu realista” y que nos dicen que “es lo que hay” y que seamos obedientes al orden civilizado y debido (como el orden liberal que impone la ley del mercado al trabajo y a la vida), ¿no será que es otro el Dios que pide anunciar la alegría y la vida en el perdón total de los pecados?

Víctor Hernández Ramírez. Església Evangèlica Betlem, Clot, Barcelona.

Ingresa aquí tus comentarios