“Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor; y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús.” (2 Corintios 4:5)
El expositor de la Palabra no es un conferencista, ni un motivador, ni un orador que busca aplausos. Es, ante todo, un siervo de Jesucristo. Su deber no consiste en impresionar, sino en reflejar la voz de Dios a través de las Escrituras. Cada vez que abre la Biblia ante la congregación, presta su voz al Señor, convirtiéndose en un canal por el cual fluye la verdad divina. No predica por lucro, sino por amor; no busca fama ni reputación, sino la aprobación del Dios que lo llamó.
El apóstol Pablo lo expresó con profunda convicción: “¡Ay de mí si no anunciare el evangelio!” (1 Corintios 9:16). Para él, predicar no era una opción ni una tarea de prestigio, sino una responsabilidad impuesta por amor a Cristo. De igual manera, todo expositor debe comprender que ha sido llamado, no contratado.
No todos los que hablan desde un púlpito han sido llamados por Dios a exponer Su Palabra. Muchos pueden tener facilidad de palabra, pero el verdadero expositor posee una convicción espiritual que nace en la intimidad con Dios, no en la costumbre ni en el deseo de reconocimiento. El llamado no depende de títulos, edad o posición, sino de un corazón rendido y dispuesto.
Isaías lo entendió así: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios… han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.” (Isaías 6:5). Antes de hablar a otros, el profeta fue quebrantado ante la presencia del Señor; solo después de reconocer su indignidad pudo escuchar la voz divina que decía: “¿A quién enviaré?”, y responder: “Heme aquí, envíame a mí.” Esa es la esencia del llamado: primero limpieza, luego envío.
El expositor no se ofrece para predicar simplemente porque no hay quien lo haga; se dispone porque dentro de sí siente el fuego de Dios que lo impulsa. Jeremías lo describió así: “No podía soportarlo; y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre; no obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos.” (Jeremías 20:9).
El llamado no se sostiene sin una actitud espiritual correcta. No basta con saber hablar: hay que saber depender. El expositor que confía más en su habilidad que en la oración pronto se vacía, mientras que aquel que confía en Dios, aunque sea de pocas palabras, siempre tiene algo que decir.
Sin oración, la exposición es solo discurso; sin comunión con Dios, la palabra se vuelve ruido. El expositor debe orar antes, durante y después de hablar. No para impresionar, sino para que el Señor respalde su mensaje con poder moral y espiritual. Como dijo Jesús: “El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha.” (Juan 6:63). Cada vez que suba al púlpito, el expositor debe hacerlo con la plena conciencia de que, si Dios no habla, nada de lo que diga tendrá sentido.
El expositor no es maestro por mérito propio, sino un discípulo que enseña a otros discípulos. Debe reconocer que mientras enseña también aprende, y mientras instruye es corregido por la misma Palabra que predica. “El que piensa estar firme, mire que no caiga.” (1 Corintios 10:12). Un expositor humilde acepta consejo, corrige errores y reconoce cuando se equivoca. No busca ser superior, sino útil. Dios no usa a los perfectos, sino a los quebrantados.
Predicar no es una oportunidad para mandar, sino para servir. Jesús, el mayor Maestro de todos, dio el ejemplo cuando lavó los pies de sus discípulos (Juan 13:14–15). Cada predicación debería ser, simbólicamente, un lavado de pies espiritual: limpiar, animar y consolar a los oyentes con la Palabra. El expositor no se coloca sobre los demás, sino a su lado, para servirles el pan del cielo.
“Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da; para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo.” (1 Pedro 4:11)
El púlpito no es un lugar de poder, sino de responsabilidad. El expositor que sube a reprender sin amor o que usa el púlpito para desahogar frustraciones personales profana un espacio santo. No fuimos llamados a humillar a los oyentes, sino a guiarlos con verdad y mansedumbre.
“El siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido.” (2 Timoteo 2:24)
Quien sube al púlpito para lucirse, corregir sin sabiduría o buscar reconocimiento usa la Palabra de Dios para exaltar al hombre, no a Cristo. Esa clase de predicación no edifica: divide y debilita la fe.
El expositor llamado por Dios se distingue por ciertas señales visibles: un temor reverente, que le hace temblar ante la responsabilidad de hablar en nombre de Dios; un deseo sincero de edificar, que busca alimentar al pueblo más que convencerlo; una disciplina espiritual, sostenida en la oración, el estudio y la pureza; una disposición al servicio, que le impulsa a hablar donde Dios lo envíe, aunque nadie lo aplauda; y una sujeción humilde a la autoridad espiritual de su congregación.
El verdadero expositor no se improvisa, se forma. No se levanta por emoción, sino por convicción. Su misión no es entretener, sino iluminar; no es dominar, sino servir. Predicar es una tarea que nos hace humildes, porque nos recuerda cuán grandes son las palabras que pronunciamos y cuán pequeños somos quienes las decimos.
“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.” (Mateo 24:35)
Por eso, el expositor debe ser una persona de oración, de estudio y de carácter, consciente de que cuando habla, el cielo escucha… y el maligno también.
“Si alguno habla, sea como oráculos de Dios.” (1 Pedro 4:11)
El expositor fiel no busca brillar con su voz, sino reflejar la luz del Evangelio.