“Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí.” (Juan 5:39)
Exponer no es inventar, ni improvisar, ni entretener. Exponer significa descubrir y comunicar con fidelidad lo que Dios ya dijo, de modo que el pueblo entienda la verdad y sea transformado por ella. El expositor no es dueño del mensaje; es un intérprete y mensajero.
Predicar expositivamente implica dejar que la Escritura guíe la enseñanza, no al revés. Cada pasaje tiene una intención divina y un propósito pastoral, y el expositor debe esforzarse por descubrir ese propósito, respetarlo y explicarlo con claridad.
“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.” (2 Timoteo 3:16–17)
En resumen: exponer la Palabra es abrir la Biblia, comprender lo que dice y explicar su verdad con humildad, precisión y reverencia.
El objetivo de la exposición no es llenar el tiempo del culto, sino formar creyentes maduros. Cada enseñanza debe conducir a tres resultados visibles:
La exposición fiel conecta la mente, el corazón y la obediencia. Por eso, el expositor no solo informa: forma. No solo enseña: pastorea desde la Palabra.
“La exposición de tus palabras alumbra; hace entender a los simples.” (Salmo 119:130)
El trabajo del expositor se asemeja al de un sembrador que prepara el terreno antes de depositar la semilla. Cada paso tiene un propósito espiritual y metodológico.
No basta una lectura superficial. Lee con calma, preferiblemente en voz alta. Cada lectura te permitirá descubrir detalles que antes pasaron inadvertidos. Pide al Señor: “Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley.” (Salmo 119:18)
Hazte preguntas básicas: ¿Quién habla? ¿A quién se dirige? ¿Qué situación se está viviendo? ¿Qué palabras se repiten o se enfatizan? No leas para confirmar lo que ya piensas, sino para escuchar lo que el texto comunica por sí mismo.
El contexto es el marco que da sentido a las palabras. Incluye:
El expositor debe recordar que toda la Escritura apunta al propósito redentor de Dios, desde la creación hasta la restauración final.
Cada pasaje tiene un mensaje central. No intentes decirlo todo; enfócate en la verdad que Dios quiere resaltar. Pregúntate:
El propósito final de la exposición es llevar la Palabra a la vida. Haz que el texto dialogue con la realidad actual de la iglesia, de las familias, de los jóvenes y de los desafíos espirituales del presente.
“No seáis oidores olvidadizos, sino hacedores de la obra.” (Santiago 1:25)
Texto: Juan 15:5
“Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.”
El expositor puede señalar que el reposo del séptimo día también apunta a esta verdad: descansar en Cristo, reconocer que sin Él nada podemos hacer y depender de su poder y gracia cada día.
La interpretación correcta protege al expositor del error y honra la inspiración divina de la Escritura. Predicar con fidelidad no consiste en “decir algo bonito”, sino en decir lo que Dios quiso decir.
Cuando un texto es difícil, busca otros pasajes que traten el mismo tema. La Escritura forma un todo coherente; ningún versículo contradice el conjunto del mensaje bíblico.
Un texto fuera de su contexto se convierte en pretexto. Cada versículo debe entenderse dentro del párrafo, el libro y el propósito general del autor inspirado.
Toda exposición debe edificar, consolar y exhortar. No uses la Palabra para atacar, manipular o dividir. El expositor no es juez del pueblo, sino servidor de la verdad.
La Biblia no fue escrita para reforzar nuestras opiniones, sino para transformarlas. El expositor fiel se somete al texto, incluso cuando este corrige sus preferencias o tradiciones.
“La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos…” (Hebreos 4:12)
El error más común entre los predicadores es empezar con una idea propia y luego buscar versículos para respaldarla. Eso convierte el púlpito en un lugar de opiniones humanas, y no de revelación divina.
El expositor fiel debe dejar que la Palabra hable aunque contradiga su pensamiento, incomode su costumbre o desafíe la opinión popular. Predicar fielmente no siempre será fácil, pero siempre será correcto.
“Predica la palabra; insiste a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina.” (2 Timoteo 4:2)
Exponer la Palabra es un acto de fidelidad y reverencia. No es solo hablar: es representar a Dios ante su pueblo. Por eso, el expositor debe unir la precisión del estudio con la sensibilidad espiritual.
En el culto, cuando el pueblo se reúne para oír la Palabra, el expositor tiene el privilegio de recordar la voz del Creador y del Redentor. Cada exposición debe conducir a Cristo, fortalecer la fe y preparar a la iglesia para su servicio y esperanza final.
“La hierba se seca, la flor se marchita, mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre.” (Isaías 40:8)