Todo expositor, incluso el más experimentado, puede cometer errores. Muchos de ellos se pueden evitar si se mantiene una actitud humilde, enseñable y dependiente de Dios. El objetivo de este capítulo no es señalar culpables, sino formar una conciencia espiritual y responsable sobre la tarea de predicar. La fidelidad a la Palabra debe estar siempre por encima de la costumbre, la emoción o la opinión personal.
Uno de los errores más frecuentes es usar el púlpito como plataforma para expresar ideas personales. El expositor puede tener convicciones políticas, gustos o experiencias de vida, pero ninguna de ellas debe sustituir el lugar de la Palabra. El púlpito no es un espacio para el debate humano, sino para la proclamación divina. Cuando el expositor permite que su pensamiento se imponga sobre el texto, el mensaje pierde poder espiritual. El oyente no necesita nuestras ideas; necesita la voz de Dios por medio de las Escrituras.
“El que tiene mi palabra, cuente mi palabra con verdad.” (Jeremías 23:28)
El púlpito no es un tribunal ni un medio para corregir públicamente a los hermanos por indirectas. Jesús corrigió con propósito redentor: llamó al arrepentimiento sin destruir y confrontó sin humillar. Cuando la predicación se usa para lanzar indirectas, generar temor o avergonzar, el mensaje pierde pureza y el expositor su autoridad moral.
“El siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido.” (2 Timoteo 2:24)
Si existe un conflicto o falta, debe tratarse con amor, en consejería o mediante los canales de disciplina adecuados, no desde el púlpito. Predica para restaurar, no para señalar.
La improvisación puede presentarse como “dependencia del Espíritu”, pero muchas veces es simple descuido. El Espíritu Santo guía, pero guía a quienes se preparan: ilumina la mente que estudia, no la que ignora la Escritura. “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse.” (2 Timoteo 2:15) Un expositor que no se prepara se arriesga a hablar con ligereza, mezclar textos o confundir a la congregación. Preparar el mensaje no es falta de fe, sino obediencia; cuando se ha estudiado, orado y meditado, el Espíritu puede fluir con libertad y orden.
Por querer impresionar o despertar emociones, algunos exageran testimonios, distorsionan textos o prometen lo que la Biblia no promete. El resultado es grave: el pueblo se confunde, la verdad se debilita y la credibilidad del expositor se pierde. Ejemplo incorrecto: “Si tienes fe, nunca te enfermarás.” Ejemplo correcto: “Si tienes fe, podrás confiar en Dios aun en medio de la enfermedad.” Dios no necesita adornos para hablar; la verdad bíblica, expuesta con sinceridad, tiene poder suficiente. Nunca prometas lo que la Escritura no promete ni uses el temor para manipular la fe.
“Toda palabra de Dios es limpia; él es escudo a los que en él esperan. No añadas a sus palabras, para que no te reprenda, y seas hallado mentiroso.” (Proverbios 30:5–6)
Algunos expositores repiten frases o fórmulas aprendidas sin comprender su sentido bíblico. Pueden sonar bien, pero si no se entiende lo que se dice, el mensaje se vuelve superficial. Frases como “declara tu victoria” o “toma tu milagro” pueden tener buenas intenciones; sin embargo, si no se apoyan en el contexto bíblico correcto, desvían el sentido del mensaje. La fidelidad doctrinal comienza en la comprensión: no digas lo que no entiendes ni predique lo que no has vivido. “El corazón del sabio adquiere sabiduría, y el oído de los sabios busca la ciencia.” (Proverbios 18:15)
El testimonio personal del expositor forma parte del mensaje. Una vida incoherente destruye lo que la boca edifica: la autoridad espiritual no viene del micrófono sino de la obediencia diaria. “Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores.” (Santiago 1:22) Predicar sobre el perdón mientras se guarda rencor, o hablar de santidad viviendo en desorden, es como encender una lámpara sin aceite. El expositor no debe ser perfecto, pero sí sincero y en proceso de transformación. “Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús.” (2 Corintios 4:5)
Seguir un esquema rígido sin escuchar lo que el Espíritu hace en el momento es otro error frecuente. Hay mensajes que deben acortarse y otros que deben extenderse; hay tiempos para insistir en una verdad y tiempos para guardar silencio. El expositor sabio no solo prepara su sermón, sino que discierne la necesidad del pueblo mientras predica. “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.” (Apocalipsis 2:7)
Predicar largo no siempre es predicar mejor. Un mensaje que se extiende demasiado pierde fuerza y atención; la Palabra debe dejar hambre espiritual, no cansancio físico. Ensaya el mensaje, cronómetro en mano, y pide a alguien de confianza que evalúe claridad y equilibrio. La buena administración del tiempo es también una muestra de respeto a la iglesia. “Sea vuestra palabra sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede.” (Mateo 5:37)
Los errores en la exposición afectan tanto al expositor como a la congregación que confía en él, pero cada error puede transformarse en oportunidad de crecimiento cuando se afronta con humildad. El expositor fiel no busca la perfección sino la veracidad delante de Dios: predica con sinceridad, estudia con dedicación y permite que cada palabra pronunciada desde el púlpito glorifique al Señor y edifique a su pueblo.
“Sea el hablar de ustedes siempre con gracia, sazonado con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno.” (Colosenses 4:6)