Un expositor puede tener la doctrina correcta, el texto adecuado y un bosquejo bien preparado, pero si no sabe comunicar con claridad, amor y convicción, el mensaje no llegará al corazón de la iglesia. Predicar no es solo hablar: es comunicar vida. Es poner en palabras lo que el Espíritu ha trabajado primero en el alma del mensajero.

La comunicación, en el contexto cristiano, no es una técnica escénica, sino una forma de servicio. Cada palabra, cada gesto y cada silencio deben reflejar el deseo sincero de hacer comprensible la voluntad de Dios. Por eso, el expositor no solo prepara su tema, sino también su manera de transmitirlo.

“Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad.” (2 Timoteo 2:15)

La voz: instrumento del mensajero

La voz es el canal principal por donde fluye el mensaje. No todos tienen una voz potente, pero todos pueden aprender a usarla bien. Una voz clara, modulada y sincera comunica más que una voz fuerte pero descontrolada.

Consejos prácticos:

  • Habla con un tono natural y firme, no impostado ni fingido.
  • Evita los gritos: el volumen no aumenta la autoridad espiritual; lo que da poder es la verdad y la convicción.
  • Usa pausas: deja respirar el mensaje, porque un silencio oportuno permite que la Palabra penetre.
  • No corras: si hablas demasiado rápido, la congregación no podrá asimilar el contenido.

Ejemplo: al leer Juan 3:16, detente después de decir “De tal manera amó Dios al mundo…” y deja que ese amor resuene unos segundos en el corazón de los oyentes. El silencio también predica.

Advertencia pastoral: muchos confunden emoción con unción, y gritos con poder espiritual. Pero el Espíritu de Dios no se manifiesta en la bulla, sino en la claridad, la verdad y el fruto que produce en los corazones. Recuerda: el volumen no convierte; la Palabra sí.

El lenguaje: claridad antes que complejidad

Un expositor eficaz no busca parecer sabio, sino ser entendido. Jesús enseñaba con palabras simples, con imágenes cotidianas y con ejemplos que un niño podía seguir. Sus oyentes eran pescadores, campesinos, madres y ancianos; sin embargo, todos comprendían y se asombraban de su sabiduría.

“Y el pueblo común le oía de buena gana.” (Marcos 12:37)

Consejos para un lenguaje sencillo:

  • Prefiere palabras cortas y claras.
  • Evita tecnicismos o expresiones teológicas que el pueblo no use.
  • Explica los términos bíblicos cuando los menciones —por ejemplo: redención, justificación o gracia—.
  • Repite las ideas clave con diferentes palabras para que se graben en la mente.

Ejemplo: en lugar de decir “La providencia divina interviene en la soteriología del creyente”, di “Dios cuida cada detalle de nuestra salvación”.

Regla de oro: predica de modo que un niño pueda entenderte y un sabio pueda respetarte. Si un hermano sencillo puede explicar lo que escuchó, tu predicación fue efectiva.

El contacto visual: predicar con los ojos

El expositor no predica al aire, predica a personas concretas: hermanos, familias, jóvenes y ancianos. Mirarles con atención y ternura es una forma de decirles: “Este mensaje también es para ti.”

Consejos:

  • Mira a diferentes zonas del salón, no siempre al mismo punto.
  • No fijes la mirada en una sola persona, pues puede sentirse señalada.
  • Evita leer constantemente tus notas y procura hablar mirando a la congregación.
  • Deja que tu rostro acompañe lo que dices: muestra gozo cuando hablas de esperanza, seriedad cuando trates el pecado y compasión cuando llames al arrepentimiento.

Ejemplo práctico: si hablas sobre la misericordia de Dios, sonríe con sinceridad; si adviertes sobre el pecado, hazlo con un rostro sereno, no enojado. El pueblo percibe tu espíritu antes que tus palabras.

Consejo pastoral: predicar con contacto visual no es dominar la atención, sino conectar el alma del mensajero con el alma del oyente.

El uso del tiempo: respeto por Dios y por el oyente

El tiempo es un don que también se administra con sabiduría. Predicar más no siempre significa predicar mejor. Un mensaje claro, bien enfocado y dentro del tiempo asignado demuestra respeto por la congregación y disciplina espiritual.

Referencias orientativas:

  • Reflexión devocional: 10–15 minutos
  • Escuela sabática o estudio bíblico: 45–75 minutos
  • Sermón principal: 35–45 minutos

Errores comunes:

  • Pensar que extenderse da más autoridad.
  • Omitir partes esenciales por falta de control del tiempo.
  • No planificar el cierre, terminando abruptamente o demasiado tarde.

Consejo: el expositor debe ensayar su mensaje, medir su duración y respetar el horario establecido. Un mensaje breve, claro y lleno de vida tiene más poder que uno largo y disperso.

“Sea vuestra palabra sí, sí; no, no.” (Mateo 5:37)

La sencillez también se refleja en el manejo del tiempo.

La naturalidad: el expositor como siervo, no actor

El expositor no representa un papel: vive un llamado. La autenticidad comunica más que la elocuencia. El pueblo percibe cuando el predicador habla desde su corazón o cuando repite frases aprendidas. No hay necesidad de imitar a otros ni de adoptar una “voz de púlpito”. Sé tú mismo, bajo la dirección de Cristo.

Consejos para mantener la naturalidad:

  • Habla como si conversaras con tus hermanos, no como si dieras un discurso.
  • Evita dramatizar o exagerar gestos.
  • No actúes emociones que no sientes; ora para que el mensaje te toque primero.
  • Deja que tu forma de hablar y moverte refleje paz, humildad y gozo.

Frase pastoral:

“El poder del mensaje no está en aparentar grandeza,
sino en mostrar la grandeza de Cristo con sencillez.”

Ejemplo final: imagina que estás hablando a una familia reunida en casa, alrededor de la mesa. Habla con respeto, con amor y con serenidad. Así también debe sentirse tu predicación: cercana, cálida y sincera.

Reflexión

La buena comunicación no es un talento reservado para algunos; es un fruto del amor, la práctica y la comunión con Dios. Cuando el expositor ora, se prepara y comunica con claridad, la Palabra se vuelve luz para el entendimiento y alimento para el alma.

“Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno.” (Colosenses 4:6)

Predicar bien no es hablar bonito, sino hablar con propósito, verdad y compasión. Cada palabra pronunciada desde el púlpito puede convertirse en semilla de fe, esperanza y transformación eterna.

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