Ninguna predicación alcanza su propósito si no está respaldada por el Espíritu Santo. El expositor puede estudiar, organizar y hablar con elocuencia, pero solo el Espíritu puede abrir el entendimiento, convencer el corazón y producir fruto eterno.

La predicación no es una actuación, sino una cooperación entre el siervo y Dios. El expositor prepara el mensaje, pero el Espíritu le da vida. Como dijo Pablo:

“Mi palabra y mi predicación no fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder.” (1 Corintios 2:4)

La guía del Espíritu Santo

La presencia del Espíritu en la predicación no se mide por la emoción ni por los aplausos. Su guía se reconoce cuando el mensaje produce convicción, arrepentimiento y transformación en los oyentes. Jesús dijo que el Espíritu convencería “de pecado, de justicia y de juicio.” (Juan 16:8)

Cuando el Espíritu dirige, la Palabra entra con poder. A veces el mensaje es sencillo, pero los corazones son traspasados, porque el poder no proviene del expositor, sino de Dios.

Ejemplo bíblico: Pedro, en Hechos 2, predicó un mensaje breve, directo y centrado en Cristo. No hubo espectáculo ni artificios, y sin embargo, tres mil personas fueron compungidas de corazón. Esa es la marca de una predicación ungida: no impresiona, transforma.

La dependencia del Espíritu

El expositor fiel reconoce que sus recursos son limitados. Puede dominar la técnica, pero no puede producir fe ni arrepentimiento; por eso depende del Espíritu Santo, no por debilidad, sino por reverencia.

Principios para cultivar esa dependencia:

  • Ora antes, durante y después de predicar. No solo para que te ayude a hablar, sino para que prepare los corazones que escucharán.
  • Reconoce tus límites. Siembra con fidelidad y deja los resultados en las manos de Dios (1 Corintios 3:6).
  • Predica con humildad. El orgullo apaga al Espíritu; la humildad lo deja obrar libremente.
  • No confíes en la emoción. La obra del Espíritu no siempre se siente; muchas veces actúa en silencio, pero con poder.

Tu responsabilidad es sembrar con fidelidad; el Espíritu se encargará de hacer germinar la semilla en los corazones.

Equilibrio entre preparación y guía divina

Hay quienes se preparan tanto que dejan al Espíritu fuera, y otros que hablan en nombre del Espíritu sin haber preparado nada. Ambos extremos son peligrosos. El Espíritu Santo no recompensa la pereza, pero tampoco necesita del exceso de confianza humana.

La fórmula correcta: ora, estudia y confía. La preparación forma el contenido; la oración dispone el corazón; la fe permite que el Espíritu obre.

Ejemplo práctico: puedes preparar tres puntos principales, pero durante la predicación el Espíritu puede impulsarte a enfatizar uno de ellos o a detenerte en un texto en particular. No es improvisación, es sensibilidad espiritual dentro de un marco de orden.

El expositor maduro se deja guiar sin perder estructura. El Espíritu no desordena el mensaje: lo vivifica.

Discernimiento y prudencia espiritual

No todo lo que se siente “espiritual” proviene del Espíritu Santo. Por eso, el expositor debe discernir con madurez lo que verdaderamente es dirección divina. El Espíritu nunca se contradice ni aprueba lo que la Biblia desaprueba.

Advertencia pastoral: evita decir “el Espíritu me dijo” para justificar una idea personal, una emoción momentánea o una improvisación. El Espíritu no cambia de opinión, ni se contradice, ni inspira mensajes contrarios a la Palabra que Él mismo inspiró.

Regla segura: El Espíritu de Dios siempre hablará en armonía con la Escritura, con humildad en el mensajero y con edificación para los oyentes.

Predicar bajo la dirección de Dios

Predicar con el Espíritu no significa gritar más fuerte ni provocar emociones intensas. La unción verdadera se manifiesta cuando el mensaje revela a Cristo, quebranta el corazón y da esperanza al alma. No se trata de lo que el predicador logra, sino de lo que Dios hace mientras se predica.

Señales de una predicación guiada por Dios:

  • Centra la atención en Cristo, no en el expositor.
  • Produce arrepentimiento, fe y obediencia.
  • Deja paz, no confusión.
  • Glorifica a Dios, no a los hombres.

Conclusión

Predicar sin el Espíritu es como intentar encender una lámpara sin aceite: puede haber estructura, pero no hay luz. El expositor estudia, prepara y habla, pero solo el Espíritu hace que la Palabra cobre vida.

“No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos.” (Zacarías 4:6)

Cuando el predicador se humilla, ora, estudia y confía, el Espíritu Santo toma sus palabras, las llena de poder y las convierte en instrumento de salvación. Esa es la predicación que cambia vidas y glorifica a Cristo.

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