“Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad.” (2 Timoteo 2:15)
El expositor que desea ser útil al Señor debe cultivar una vida interior sólida. No basta con poseer buena voz o amplio conocimiento bíblico; lo que realmente sostiene el ministerio es la comunión diaria con Dios. El púlpito revela lo que el expositor ha cultivado en secreto: quien ora, habla con autoridad; quien no ora, repite palabras vacías. El poder espiritual no se improvisa en el momento de predicar; se forma en los tiempos de oración, silencio y obediencia.
Un expositor sin vida devocional se seca rápidamente. Nadie puede ofrecer pan espiritual si antes no se ha alimentado del pan del cielo. La Palabra no debe buscarse únicamente para “preparar un tema”, sino para nutrir el alma. Jeremías lo expresó con profunda sencillez: “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón.” (Jeremías 15:16).
El expositor maduro no estudia solo para enseñar, sino para conocer más a su Señor. Cuando abre la Biblia, no lo hace con la urgencia de encontrar una idea, sino con el deseo de oír la voz de Dios. La devoción personal es el taller donde se forja la autoridad espiritual.
Consejos prácticos para fortalecer la vida devocional:
Jesús lo enseñó claramente: “Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto.” (Mateo 6:6).
Reflexión pastoral: quien no cultiva su alma entre semana no podrá encender corazones el sábado. La predicación más poderosa nace del corazón que se quebranta a solas con Dios.
El expositor que no ora se vuelve técnico; el que ora, se vuelve sensible a la voz del Espíritu. La oración no es un trámite previo a la predicación, sino el puente que conecta el mensaje con el corazón de Dios. Antes de preparar un bosquejo, ora; antes de subir al púlpito, ora; antes de pronunciar la primera palabra, ora.
“Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces.” (Jeremías 33:3)
El expositor no debe pedir solo elocuencia, sino pureza interior. Es preferible orar por ser un canal limpio antes que por hablar con belleza.
Ejemplo práctico de oración del expositor:
La oración no cambia el texto bíblico; cambia al expositor. Y cuando el expositor cambia, su predicación adquiere vida, porque “el Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha.” (Juan 6:63).
Advertencia pastoral: no te conformes con oraciones de último momento. La oración genuina no se improvisa; se cultiva como una relación diaria. Un expositor que ora solo cuando va a predicar demuestra que su interés no es la comunión, sino el rendimiento.
El testimonio del expositor habla más fuerte que su voz. Pablo podía decir: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo.” (1 Corintios 11:1). No hablaba de perfección, sino de coherencia. Cuando la vida contradice el mensaje, el mensaje pierde poder.
Por eso, la preparación espiritual no termina con la oración y el estudio; continúa con el testimonio diario.
Tres áreas fundamentales del testimonio del expositor:
Consejo pastoral: un expositor puede enseñar grandes verdades, pero si su carácter es áspero, orgulloso o inconstante, su mensaje se debilita. La gente puede olvidar tus palabras, pero no olvidará cómo los hiciste sentir. “Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza.” (1 Timoteo 4:12).
La preparación espiritual no consiste en pasar todo el día leyendo u orando, sino en vivir con equilibrio: tener tiempo para Dios, para la familia, para el trabajo y para el descanso. Un expositor agotado o emocionalmente descuidado se vuelve irritable y pierde sensibilidad espiritual.
Consejos prácticos:
La verdadera preparación no comienza con los libros, sino con el corazón. El expositor que vive en comunión con Dios puede hablar con sencillez y, aun así, edificar profundamente. Quien no cultiva esa comunión, aunque cite muchos versículos, transmite sequedad.
El mensaje más poderoso es aquel que ha pasado primero por la vida del predicador. “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí…” (Jeremías 15:16).
Por eso, antes de pasar al púlpito, pasa al altar de la comunión con Dios. Antes de preparar un mensaje, permite que el mensaje te prepare a ti. “Porque el que se humilla será enaltecido.” (Lucas 14:11).
El expositor no solo enseña la Palabra: vive de ella. Y cuando su corazón se alimenta cada día de Cristo, sus palabras se convierten en pan fresco para la iglesia.