El recurso más poderoso del expositor no es su voz, ni su oratoria, ni la tecnología: es la Palabra de Dios. Sin la Escritura, la predicación se convierte en una charla; sin el Espíritu, en simple información. Pero cuando el expositor abre la Biblia con reverencia y fe, la voz de Dios vuelve a hablar a su pueblo.

Aun así, el expositor sabio puede apoyarse en ciertos recursos que le ayudan a comprender mejor el mensaje y comunicarlo con mayor claridad, siempre recordando que estos son herramientas auxiliares, no sustitutos de la Biblia ni del discernimiento espiritual.

1. La Biblia: base principal y autoridad suprema

La Biblia no es un texto más: es la autoridad final en todo mensaje. Es la fuente, el contenido y la meta de toda exposición. “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia” (2 Timoteo 3:16). Por eso, el expositor debe amar, respetar y estudiar la Escritura con humildad y constancia.

Consejos prácticos:

  • Usa una buena versión: la Reina-Valera 1960 es la más extendida y aceptada en nuestras congregaciones.
  • Lleva la Biblia física: el libro abierto en tus manos predica tanto como tus palabras. Transmite respeto, compromiso y amor por la Palabra.
  • Subraya y anota: marca palabras clave, escribe observaciones y referencias cruzadas.
  • Ora antes de leer: pide que el Espíritu Santo ilumine tu mente para entender y obedecer.

El expositor no debe buscar en la Biblia lo que quiere oír, sino lo que Dios quiere decir. Cada mensaje comienza con una pregunta sencilla pero profunda:

“Señor, ¿qué quieres que tu pueblo escuche hoy?”

2. Concordancias y diccionarios bíblicos

Estos recursos son una bendición cuando se usan con sabiduría. Una concordancia bíblica te permite localizar todos los versículos donde aparece una palabra (como “gracia”, “fe” o “justicia”) y comprender cómo la Biblia desarrolla un mismo tema en distintos contextos.

Los diccionarios bíblicos explican el significado original de los términos, los lugares y las costumbres de la época. Comprender qué significaba “pacto”, “levadura” o “misericordia” en su contexto histórico puede transformar la manera en que entendemos el texto.

Consejo pastoral: no uses estos recursos para hacerte pasar por erudito, sino para servir mejor a la congregación, explicando con sencillez lo que tú mismo has comprendido con esfuerzo y oración. El conocimiento sin humildad puede llenar la mente, pero vacía el corazón.

“El conocimiento envanece, pero el amor edifica” (1 Corintios 8:1)

3. Comentarios bíblicos y guías de estudio

Los comentarios ayudan a ver el texto desde la perspectiva de otros siervos de Dios que han dedicado su vida al estudio de la Escritura. Sin embargo, deben usarse con discernimiento:

  • No sustituyen tu lectura personal.
  • No reemplazan la voz del Espíritu.
  • No todos son fieles a nuestra doctrina.

Antes de usar una interpretación ajena, asegúrate de que armoniza con el resto de la Biblia y con la fe de tu iglesia. El comentario orienta, pero la Biblia manda.

Ejemplo práctico: si estás preparando un estudio sobre la fe de Abraham, puedes consultar un comentario para entender el contexto cultural o histórico, pero el corazón del mensaje debe nacer de tu propia meditación del texto bíblico.

“Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí”. (Juan 5:39)

4. Ilustraciones y ejemplos

Una buena ilustración puede abrir el entendimiento y el corazón. Jesús mismo enseñó con parábolas, comparando lo divino con lo cotidiano: el sembrador, la oveja perdida, la lámpara encendida o el tesoro escondido. Las historias ayudan a la memoria y tocan la sensibilidad de los oyentes.

Ejemplo: para ilustrar la confianza en Dios, podrías contar la historia de un niño que duerme tranquilo durante una tormenta porque confía en que su padre está despierto y cuidando de él. Así también nosotros descansamos porque nuestro Padre celestial vela por nosotros (Salmo 121:4).

Advertencia pastoral:

  • No abuses de anécdotas o bromas. La predicación no es entretenimiento.
  • La ilustración debe servir a la verdad, no robarle el protagonismo.
  • Nunca inventes historias ni exageres los hechos; la mentira, aunque sea “para ilustrar”, deshonra al mensaje.

Consejo: antes de contar una historia, pregúntate: “¿Esta ilustración ayuda a entender el texto bíblico o distrae de él?”

5. Prudencia con los materiales externos

Vivimos en una época de abundancia de información, pero no toda edifica. Videos, imágenes, diapositivas o recursos digitales pueden ser útiles si se usan con prudencia y propósito.

Principios para un uso responsable:

  • No busques impresionar; el poder está en la Palabra, no en el diseño.
  • Verifica siempre la fuente; no uses material que contradiga la fe o promueva ideas dudosas.
  • Sé sobrio; un gráfico claro o una imagen sencilla puede ser más eficaz que un video espectacular.
  • Recuerda que lo visual no reemplaza lo espiritual; la emoción no debe suplantar la convicción.

Ejemplo pastoral: si usas una presentación para apoyar tu enseñanza, asegúrate de que los textos bíblicos se lean y se comenten, no solo se proyecten. La meta no es mostrar, sino guiar al estudio y la reflexión.

6. La sabiduría del equilibrio

El expositor fiel aprende a usar los recursos con sabiduría, sin depender de ellos. El poder del mensaje no proviene de los medios, sino del contenido espiritual y de la vida del mensajero. Una predicación con pocos recursos, pero con profunda comunión con Dios, puede transformar más vidas que una presentación perfecta sin alma.

“La Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos”. (Hebreos 4:12)

No necesita adornos, solo un corazón que la comunique con fe y verdad.

Reflexión final

Los recursos son como las herramientas de un jardinero: útiles cuando se usan bien, peligrosos si se emplean sin cuidado. El expositor debe recordar que su tarea no es brillar él, sino hacer brillar la Palabra. Predicar no es una exhibición de conocimiento ni de tecnología, sino un acto santo de servicio.

Cada recurso debe apuntar a un solo fin: que Cristo sea conocido, la verdad sea entendida y la iglesia crezca en fidelidad.

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