El recurso más poderoso del expositor no es su voz, ni su oratoria, ni la tecnología: es la Palabra de Dios. Sin la Escritura, la predicación se convierte en una charla; sin el Espíritu, en simple información. Pero cuando el expositor abre la Biblia con reverencia y fe, la voz de Dios vuelve a hablar a su pueblo.
Aun así, el expositor sabio puede apoyarse en ciertos recursos que le ayudan a comprender mejor el mensaje y comunicarlo con mayor claridad, siempre recordando que estos son herramientas auxiliares, no sustitutos de la Biblia ni del discernimiento espiritual.
La Biblia no es un texto más: es la autoridad final en todo mensaje. Es la fuente, el contenido y la meta de toda exposición. “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia” (2 Timoteo 3:16). Por eso, el expositor debe amar, respetar y estudiar la Escritura con humildad y constancia.
Consejos prácticos:
El expositor no debe buscar en la Biblia lo que quiere oír, sino lo que Dios quiere decir. Cada mensaje comienza con una pregunta sencilla pero profunda:
“Señor, ¿qué quieres que tu pueblo escuche hoy?”
Estos recursos son una bendición cuando se usan con sabiduría. Una concordancia bíblica te permite localizar todos los versículos donde aparece una palabra (como “gracia”, “fe” o “justicia”) y comprender cómo la Biblia desarrolla un mismo tema en distintos contextos.
Los diccionarios bíblicos explican el significado original de los términos, los lugares y las costumbres de la época. Comprender qué significaba “pacto”, “levadura” o “misericordia” en su contexto histórico puede transformar la manera en que entendemos el texto.
Consejo pastoral: no uses estos recursos para hacerte pasar por erudito, sino para servir mejor a la congregación, explicando con sencillez lo que tú mismo has comprendido con esfuerzo y oración. El conocimiento sin humildad puede llenar la mente, pero vacía el corazón.
“El conocimiento envanece, pero el amor edifica” (1 Corintios 8:1)
Los comentarios ayudan a ver el texto desde la perspectiva de otros siervos de Dios que han dedicado su vida al estudio de la Escritura. Sin embargo, deben usarse con discernimiento:
Antes de usar una interpretación ajena, asegúrate de que armoniza con el resto de la Biblia y con la fe de tu iglesia. El comentario orienta, pero la Biblia manda.
Ejemplo práctico: si estás preparando un estudio sobre la fe de Abraham, puedes consultar un comentario para entender el contexto cultural o histórico, pero el corazón del mensaje debe nacer de tu propia meditación del texto bíblico.
“Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí”. (Juan 5:39)
Una buena ilustración puede abrir el entendimiento y el corazón. Jesús mismo enseñó con parábolas, comparando lo divino con lo cotidiano: el sembrador, la oveja perdida, la lámpara encendida o el tesoro escondido. Las historias ayudan a la memoria y tocan la sensibilidad de los oyentes.
Ejemplo: para ilustrar la confianza en Dios, podrías contar la historia de un niño que duerme tranquilo durante una tormenta porque confía en que su padre está despierto y cuidando de él. Así también nosotros descansamos porque nuestro Padre celestial vela por nosotros (Salmo 121:4).
Advertencia pastoral:
Consejo: antes de contar una historia, pregúntate: “¿Esta ilustración ayuda a entender el texto bíblico o distrae de él?”
Vivimos en una época de abundancia de información, pero no toda edifica. Videos, imágenes, diapositivas o recursos digitales pueden ser útiles si se usan con prudencia y propósito.
Principios para un uso responsable:
Ejemplo pastoral: si usas una presentación para apoyar tu enseñanza, asegúrate de que los textos bíblicos se lean y se comenten, no solo se proyecten. La meta no es mostrar, sino guiar al estudio y la reflexión.
El expositor fiel aprende a usar los recursos con sabiduría, sin depender de ellos. El poder del mensaje no proviene de los medios, sino del contenido espiritual y de la vida del mensajero. Una predicación con pocos recursos, pero con profunda comunión con Dios, puede transformar más vidas que una presentación perfecta sin alma.
“La Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos”. (Hebreos 4:12)
No necesita adornos, solo un corazón que la comunique con fe y verdad.
Los recursos son como las herramientas de un jardinero: útiles cuando se usan bien, peligrosos si se emplean sin cuidado. El expositor debe recordar que su tarea no es brillar él, sino hacer brillar la Palabra. Predicar no es una exhibición de conocimiento ni de tecnología, sino un acto santo de servicio.
Cada recurso debe apuntar a un solo fin: que Cristo sea conocido, la verdad sea entendida y la iglesia crezca en fidelidad.