El poder del mensaje no depende únicamente de lo que se dice, sino también de quién lo dice y de cómo vive lo que proclama. La autoridad del expositor no se sostiene en su voz ni en su conocimiento, sino en su integridad moral y espiritual. La Biblia enseña que “es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar” (1 Timoteo 3:2). Aunque no todos los expositores son pastores, el principio permanece: la vida debe respaldar la predicación.
Predicar sin ética es como construir sobre arena. El mensaje puede sonar convincente, pero carecerá de fruto duradero. Por eso, el expositor no solo debe cuidar su doctrina, sino también su conducta, su corazón y su testimonio.
El expositor debe mostrar respeto en todo: por la congregación, por el tiempo, por el púlpito y, sobre todo, por la Palabra de Dios. Predicar no es simplemente ocupar un turno en el programa; es entrar en un terreno sagrado donde se anuncia el consejo eterno del Señor.
Jesús, aun al corregir, hablaba con gracia y verdad (Juan 1:14). Su tono nunca fue burlón ni ofensivo, sino lleno de autoridad y compasión.
“El predicador que respeta la Palabra y a su audiencia será siempre escuchado con respeto.”
La puntualidad no es solo cuestión de buena educación; es una expresión de respeto y de disciplina espiritual. Un expositor puntual demuestra que entiende la importancia de su tarea y la honra con diligencia.
“Hágase todo decentemente y con orden.” (1 Corintios 14:40)
El orden exterior es reflejo del orden interior. Un siervo que llega preparado y puntual proyecta madurez espiritual.
Recibir la oportunidad de exponer la Palabra es un privilegio santo y una responsabilidad solemne. No se trata de “llenar un espacio” ni de “cumplir un turno”, sino de alimentar al pueblo con el pan de vida.
Un expositor responsable se prepara con tiempo, no a última hora; estudia con oración, no solo con curiosidad intelectual; y cuida sus palabras, sabiendo que con ellas puede edificar o destruir.
El apóstol Pablo escribió:
“Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse.” (2 Timoteo 2:15)
Un expositor que sube sin preparación no honra al Espíritu, sino que confunde al pueblo. La responsabilidad no apaga al Espíritu, sino que le ofrece un instrumento útil.
La humildad es el perfume que debe acompañar toda predicación. El expositor no busca aplausos ni reconocimiento; su mayor gozo es que Cristo sea exaltado y que los oyentes crezcan en fe.
Cuando alguien lo felicita, responde con gratitud, pero da la gloria a Dios. La humildad no se finge; se nota en la manera de hablar, en la disposición a escuchar y en la actitud ante la corrección.
“¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?” (1 Corintios 4:7)
El conocimiento sin humildad infla el ego, pero la sabiduría con humildad edifica la iglesia. Un expositor orgulloso puede decir cosas correctas, pero su espíritu incorrecto las vuelve estériles. Por eso, el predicador maduro se mantiene en oración, recordando que es solo un canal por el cual fluye la gracia de Dios.
Si después de predicar sientes que la gloria te pertenece, aún no has entendido lo que significa servir. Pero si al terminar te arrodillas y dices: “Gracias, Señor, por haberme usado”, entonces estás en el camino correcto.
Antes que tus palabras, la gente observará tu vida. Tu manera de saludar, tu trato con la familia, tu puntualidad, tu humildad y tu forma de hablar predican tanto como tu sermón.
El expositor ético no busca ser admirado, sino ser ejemplo. Vive lo que enseña, sirve con amor y, cuando sube al púlpito, su sola presencia inspira confianza.
“Sed ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza.” (1 Timoteo 4:12)
Predicar con ética es predicar con el corazón limpio. Y cuando el expositor es íntegro, su mensaje tiene peso, su palabra tiene autoridad y su vida se convierte en el más poderoso testimonio del Evangelio.