La dirección de un culto no es un oficio meramente organizativo: es un ministerio espiritual. El director se convierte en instrumento de Dios para guiar a la iglesia a la adoración. Por tanto, su preparación no puede limitarse a conocer el orden del programa; debe incluir una vida espiritual firme, disciplina personal y una disposición reverente ante la presencia de Dios.
El director no solo coordina un programa: marca el tono espiritual de la reunión. Si está preparado, la congregación lo percibe; si está descuidado, también se nota. Este capítulo ofrece principios prácticos para la preparación del director, con el propósito de que cada participación en el culto honre al Señor, edifique a la iglesia y muestre el ejemplo de una vida consagrada.
“Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres.” (Colosenses 3:23).
El director debe acercarse al púlpito (o atril) con un corazón limpio y en comunión con Dios, por lo que debe buscar la guía del Espíritu Santo. Esto incluye:
Ejemplo: Antes de iniciar, el director puede orar en privado: “Señor, usa mis palabras para edificar y guiar a tu pueblo en reverencia.”
El estado espiritual del director influye en el ambiente de la congregación: un corazón en paz transmite paz; un corazón inquieto genera tensión.
La preparación no comienza minutos antes del culto, sino con una vida devocional diaria.
Un director que se alimenta espiritualmente podrá guiar con mayor autoridad y sensibilidad. La dirección no reemplaza la devoción personal; más bien, la refleja.
El director no solo habla: predica con su ejemplo. Su trato en casa, en el trabajo y en la iglesia debe reflejar el carácter de Cristo.
Si el pueblo percibe integridad, confiará en su conducción.
“Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo.” (1 Corintios 11:1)
Un director agotado o tenso no podrá conducir con serenidad. Es necesario:
Ejemplo: Si antes del culto hubo un desacuerdo familiar, el director debe orar y entregarlo a Dios, para no transmitir un espíritu cargado a la congregación.
El ministerio comienza en casa. Un director no puede guiar con autoridad espiritual si descuida su testimonio familiar. La armonía con la esposa e hijos es parte de la preparación espiritual.
La excelencia también requiere orden. El director debe:
Consejo: Anotar en el programa frases como:
Esto evita vacilaciones y transmite seguridad.
El cuidado externo refleja respeto hacia Dios y hacia la congregación. La ropa limpia, bien presentada y decorosa comunica seriedad, orden y reverencia. Aunque Dios ve el corazón, el hombre mira lo que está delante de sus ojos; por eso el director debe evitar la negligencia en su arreglo personal, siendo ejemplo de dignidad y buen testimonio.
El arreglo del director no tiene como propósito fingir una identidad distinta ni aparentar lo que no se es en la vida diaria. Tampoco se trata de imponer lujos o formalidades innecesarias. Sin embargo, dirigir el culto no es una actividad común: es un servicio solemne que merece un cuidado especial. Por eso, aunque en la semana alguien vista de manera cómoda y casual, al ponerse al frente de la congregación debe mostrar con su presentación externa el respeto y la seriedad que el momento demanda. Vestirse con decoro para dirigir no es vanidad ni apariencia, es honrar el ministerio y reconocer la importancia del cargo y de la ocasión.
“El director debe vestirse como director.” Su vestimenta comunica respeto y responsabilidad.
Criterios prácticos:
Ejemplo: En un culto solemne, un traje oscuro y corbata discreta proyectan reverencia. En un culto menos formal, una camisa bien planchada y zapatos limpios transmiten la misma seriedad sin necesidad de lujos.
El púlpito no es un espacio para asuntos personales. El director debe evitar:
Correcto: “Sigamos firmes y constantes, recordando que es un gozo reunirnos como iglesia.”
Incorrecto: “Hermanos, algunos no han estado viniendo al culto, eso no está bien.”
Dirigir un culto es una habilidad que se perfecciona con el tiempo. El director debe:
La formación constante evita caer en rutinas y mantiene fresca la conducción.
La puntualidad es una forma de respeto hacia Dios y hacia la congregación. Un director que llega tarde transmite desorden y resta autoridad espiritual a su ministerio. El inicio del culto debe ser solemne y digno, no improvisado ni apresurado.
Correcto: Llegar antes, saludar con serenidad a los hermanos participantes, repasar el orden y comenzar puntualmente con un espíritu de reverencia.
Incorrecto: Llegar al culto ya comenzado, subir de prisa al púlpito y empezar con frases nerviosas como: “Disculpen la tardanza, vamos a empezar de una vez.”
La puntualidad no es solo disciplina personal: es parte de la preparación espiritual y del testimonio del director.
Los imprevistos siempre ocurren:
El director preparado no pierde la calma. Puede:
Ejemplo: “Mientras se resuelve el detalle técnico, leamos juntos el Salmo 121, que nos recuerda la fidelidad de nuestro Dios.”