A lo largo de la Biblia, el culto ocupa un lugar fundamental. Su propósito primordial es dar a Dios la honra y la gloria que solo a Él corresponden.
“Dad a Jehová la honra debida a su nombre; adorad a Jehová en la hermosura de la santidad.” (Salmo 29:2)
Desde el punto de vista religioso, el culto es el homenaje supremo que el pueblo de Dios tributa para entrar en Su presencia con adoración sincera. El culto no es solo un conjunto de actos, sino un encuentro de corazones con el Señor.
Un programa es el plan ordenado que indica las partes a seguir durante el servicio y la manera en que se desarrollarán. El programa ayuda a evitar la improvisación, dando dirección y equilibrio al tiempo de adoración.
El director es la persona responsable de conducir el culto, guiando a la congregación para que cada participante se sienta motivado a adorar con todo su corazón. Su tarea es preparar, coordinar y conducir el programa de manera que el culto no sea rutinario, sino una experiencia viva en la presencia de Dios.
El director ejerce gran influencia en el ánimo de los congregantes. Por ello debe llegar a cada culto preparado espiritual y mentalmente, con un programa meditado en oración y claramente definido. No dirige porque “toca hacerlo”, sino porque comprende que a través de la adoración y la predicación se alimenta la vida espiritual de la iglesia.
“Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres.” (Colosenses 3:23)
El programa no debe responder a gustos personales, ni a costumbres repetitivas. El director debe pensar en las necesidades espirituales de la congregación: sus luchas, alegrías, tentaciones, cargas y esperanzas. Con esto en mente, podrá elegir los himnos, estribillos, oraciones y lecturas que mejor edifiquen al pueblo de Dios.
El propósito principal del culto es rendir a Dios suprema alabanza y proclamar Su Palabra.
Cada parte del culto debe guardar armonía, uniendo a la congregación en un mismo sentir.
“Unánimes, juntos, glorificad al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.” (Romanos 15:6)
La programación de los cultos debe impulsar a la congregación hacia el crecimiento espiritual y la semejanza a Cristo.
En el culto participan dos: Dios, como centro de la adoración, y los creyentes, quienes al adorar también son edificados en su carácter cristiano. El culto debe producir transformación, convicción y frutos visibles en la vida diaria.
Si un programa no motiva a la iglesia a buscar más de Dios, entonces no ha cumplido su propósito.