La entrega de nuestros diezmos y ofrendas es un acto de adoración. No es un momento meramente administrativo, sino una expresión de gratitud y obediencia al Señor. Por eso, debe planearse con esmero y realizarse con reverencia.
La actitud del director influirá directamente en el ambiente espiritual del momento. Si se conduce con ligereza o distracción, la congregación también lo hará; si lo hace con solemnidad y fe, transmitirá la verdadera dimensión espiritual de este acto.
El director o el pastor debe designar con anticipación una comisión para recoger las ofrendas, evitando improvisaciones.
Tres partes acompañan este acto:
El director o el pastor pueden invitar a la iglesia a reflexionar en este acto con:
“En todo os he enseñado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir.” (Hechos 20:35)
“Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre.” (2 Corintios 9:7)
Se expresa gratitud por las bendiciones recibidas y se pide la bendición de Dios sobre lo entregado. Esta oración puede hacerla el pastor, el director o alguno de los comisionados.
Mientras se recoge la ofrenda, puede interpretarse música que fomente reverencia y meditación. En ausencia de instrumentos, puede cantarse un himno o leer una estrofa bíblica o poética.
Debe evitarse conversar, dar avisos o realizar acciones que distraigan.
Existen dos posturas:
En esta sección también pueden darse las bienvenidas a los hermanos o personas que nos visitan, procurando que sea un gesto cálido pero sencillo, sin extenderse demasiado.
En cualquier caso, los avisos y bienvenidas deben presentarse con preparación y claridad, evitando convertirlos en un “segundo sermón”. Se recomienda dar los avisos y bienvenidas antes del mensaje, de modo que la congregación se retire con la Palabra como última impresión espiritual.